Ha vuelto el debate sobre la necesidad de rehacer el sistema de partidos. El peronismo tomó la delantera. El matrimonio presidencial tiene ventaja sobre un arco opositor, en general, disgregado y condicionado. Elisa Carrió aparecería como una excepción.
Por: Eduardo van der Kooy
No hay ninguna noticia que desmienta que la Argentina sigue caminando el sendero temible de la crisis política. No se vislumbra tampoco el golpe de magia que pueda mejorarla. Pero hubo una noticia, mas allá de las valoraciones, que sacudió la prolongada modorra de los partidos, extraviados en su desorientación y asfixiados por el peso del poder que supo edificar en estos años Néstor Kirchner.
Aquella noticia fue el anuncio de la reorganización del peronismo y, en paralelo, el acuerdo entre el ex presidente y Roberto Lavagna. Veamos los efectos: un murmullo sonoro empezó a recorrer el PJ; un debate bien intenso está instalado en el radicalismo; Elisa Carrió se proclamó como única opositora aunque para coronar ese papel requerirá mucho más que de la voluntad y las palabras; el gobernador de Santa Fe, Hermes Binner, aventuró que el propio socialismo se debe una modernización; aún acurrucados enun silencio ex profeso, Mauricio Macri y Daniel Scioli quedaron como actores de ese teatro.
El gesto de Kirchner tuvo una sola interpretación: acentuó la impresión de que, aun desde el llano, continúa llenando de poder su puño. Esa ambición lo induce a cometer errores: lo fue convocar a su ex ministro de Economía a Olivos, no por reminiscencias con cualquier otro pacto político infeliz de la historia fresca, que no las tuvo, sino porque esa residencia y la Casa Rosada son las sedes políticas que identifican el poder actual de su esposa, Cristina Fernández.
Podrá decirse que la decisión del ex presidente contó también con una dosis de generosidad. Convocó a un dirigente que se opuso a Cristina en las elecciones de octubre y que basó su campaña en marcar los excesos de autoridad oficial, los desvíos económicos y la pronunciada cercanía de la Argentina a Hugo Chávez. El tiempo dirá si Kirchner apareó a su ex ministro para incluir dentro del peronismo las corrientes de disenso o simplemente para intentar silenciarlo.
El gesto de Lavagna, en cambio, encierra varias consideraciones. Hipotecó buena parte de su capital público porque nunca es bien visto que, de buenas a primeras, un opositor se resguarde en la sombra del poder. Lavagna sacó un buen caudal de votos en octubre —entró tercero, luego de Carrió—, pero esos votos se diseminaron el día después porque su alianza electoral hizo agua. Se quedó sólo con una modesta legión de peronistas; los radicales le dijeron con rapidez adiós. Su futuro no tenía demasiadas bifurcaciones: aceptaba la condena de la soledad o, aun corriendo riesgos, volvía al partido del cual nunca renegó.
La posibilidad de que enmiende su pérdida actual parece ligada a dos circunstancias. Que no resigne sus puntos de vista críticos sobre el Gobierno y que ayude a modelar otro partido, donde haya clima para el disenso y donde las visiones distintas no sean penadas con el marginamiento y la expulsión. ¿Seguiría siendo ése el peronismo que conoció la nación?.
El ex ministro apunta, como una referencia de deseo, la campaña de los demócratas en Estados Unidos. Hillary Clinton y Barack Obama se han cruzado acusaciones muy fuertes, pero uno estará alineado con el otro cuando en noviembre toque la batalla electoral contra los republicanos. “Las cosas que pensamos las vamos a seguir diciendo”, se atajó un político que no rompió su lealtad con Lavagna. Un ejemplo es lo que pasa en el INDEC.
La realidad le concede la razón a la oposición y deja al descubierto algunas gruesas equivocaciones del Gobierno. Esas equivocaciones no se vinculan sólo a los índices de inflación dudosos e increíbles, como el 0,9% de enero. También al descalabro en el organismo. Clyde Trabuchi, ex directora del INDEC con 30 años de antigüedad, fue desplazada en medio de la polémica sobre los índices. Acaba de ser designada, por votación, en el Instituto Interamericano de Estadística, que congrega a especialistas prestigiosos de la región.
Después del paso que dio con Lavagna, Kirchner medita otros. Pero se desliza sobre una cinta estrecha. Esa estrechez tiene que ver con la base política que amasó en estos años el ex presidente y que acompaña ahora la gestión de su mujer. Esos sectores no aceptarían convivir con un peronismo que recicle algunas de sus caras más ajadas. Carlos Menem y los hermanos Rodríguez Saá (Adolfo y Alberto) no tendrán ningún lugar. ¿Lo tendrá Eduardo Duhalde?. El también ex presidente ha dicho que no tiene intenciones de participar. Pero nadie lo imagina de brazos cruzados si el peronismo sale de su ostracismo. Celebró el regreso de Lavagna aunque fue reservadamente crítico sobre el ex ministro y su campaña. Lavagna supone que no habría razón para no tenerlo en cuenta.
Otros tendrían, quizás, menos fortuna. Un debate envuelve en el círculo íntimo del poder a Jorge Obeid y a Carlos Reutemann. Cristina siente alguna nostalgia por el último gobernador peronista de Santa Fe. Pero el PJ acaba de ser derrotado en esa provincia luego de 24 años. Rafael Bielsa fue designado como representante argentino en una corporación financiera regional. Asoma Agustín Rossi, el jefe del bloque de los diputados peronistas, de buena relación con Alberto Fernández, el jefe de Gabinete, y suma ponderaciones el intendente de Rafaela, Omar Perotti.
José Manuel de la Sota, por ahora, no cuenta. Pero al gobernador Juan Schiaretti se lo incluiría en el proyecto de remozamiento partidario. También Jorge Capitanich, del Chaco, y Sergio Uribarri, de Entre Ríos, tendrían asegurada su presencia. Una sorpresa: no faltaría el caudillo salteño, Juan Carlos Romero, de larga militancia menemista, pero estaría además el actual gobernador, Juan Manuel Urtubey, que ganó con bendición del kirchnerismo.
El modo de reorganización del peronismo contempla también la alianza que el gobierno kirchnerista posee hoy con un grupo de mandatarios provinciales radicales. Uno de ellos, el mendocino Julio Cobos, es vicepresidente de la Nación, aunque se lo recuerde poco. Un peronismo demasiado rabioso haría imposible esa convivencia y afectaría la estructura sobre la cual descansa Cristina.
El desplazamiento de Lavagna hacia las playas oficiales renovó con mayor intensidad la crisis radical. El radicalismo ha perdido al dirigente que les permitió navegar, sin ahogarse, las aguas electorales de octubre. Ahora discuten cómo seguir sin dirigentes a la vista que les auguren una recuperación pronta. El titular del partido no ha tenido una reacción feliz, quizás despechado por el gesto de Lavagna de quien fue su socio de fórmula. Gerardo Morales sigue disparando amenazas contra los radicales K y cerrando las fronteras partidarias.
No se entiende tanto fastidio contra el PJ del dirigente de un partido que, desde la reconquista de la democracia, siempre coqueteó con su adversario. Raúl Alfonsín imaginó el tercer movimiento histórico, que no pudo plasmar. El propio ex presidente selló el pacto con Menem por la reforma constitucional. “Hay que abrir las puertas, no hay que cerrarlas”, decía uno de los dirigentes que promueve el perdón para los radicales K aunque permanezcan en las vecindades del Gobierno. Morales tiene sobre su cabeza una tormenta.
Ese dilema, con probabilidad, mantendrá al radicalismo estático y enmarañado y favorecerá los planes del Gobierno. El Gobierno presta atención presupuestaria a las gobernaciones radicales y a las numerosas intendencias que tiene en todo el país. Macri necesita también un tiempo de tregua, que tejió con Alberto Fernández, para afianzarse en una gestión que comenzó con buenas señales simbólicas, pero que empezará a tener otra exigencia de los porteños cuando concluya el verano. Por eso el ingeniero prefirió el silencio antes que balbucear algo sobre el acercamiento de Kirchner y Lavagna. Esas ataduras de sectores opositores también dejarían el camino allanado para los proyectos inmediatos de Carrió.
Scioli sufre un síndrome parecido al de Macri. La administración de la misteriosa Buenos Aires no le permite distracciones. El problema de la inseguridad rebrotó, como era de esperar. El gobernador representa un fenómeno que liga a peronistas disidentes con sectores no peronistas que se esperanzan con su hipotética oposición al matrimonio Kirchner en algún momento no lejano. Scioli abreva en el pragmatismo y la astucia. Sabe que solo no podrá gobernar. Habló con Kirchner y con Cristina, para conocer qué rumbo tomar, luego del acuerdo celebrado con Lavagna.
Así de controvertida, revuelta y precaria, la política argentina de este tiempo continúa siendo un atuendo ajustado al talle del matrimonio presidencial.
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