PERIODICO DEL SUDESTE

Unos metros cúbicos de política


pagina12.com.ar/ Por Mario Wainfeld
Repartir lo que no alcanza es todo un dilema. Con esa dura verdad como contexto, en el primer nivel del gobierno argentino se expresó satisfacción por el saldo de la minicumbre gasífera de ayer en Olivos. “Nos vino bárbaro. Politizar la cuestión, ponerla en órbita de los gobiernos es lo que quería Cristina”, salda uno de los ministros comprometido en las tratativas. Conformes dentro de lo posible

El cuadro de situación mete vértigo. Los tres países concernidos (Argentina, Bolivia y Brasil) crecen mucho, también en consumo energético. La mayoría de los habitantes del Altiplano sigue sin tener gas domiciliario, pero el consumo general se duplicó desde 2004. Las voluntaristas proyecciones sobre la producción de ese país toparon con bretes surtidos: la crisis política, la feroz oposición, la condición novata del MAS en gestión, por enumerar apenas algunas causas. Aquí y ahora Bolivia no puede honrar las promesas plasmadas con Argentina hace un par de años. Comparada con Brasil, Argentina es un pequeño importador desde Bolivia: su ambición era una remesa diaria de 7,7 millones de metros cúbicos, hoy pasa menos de la mitad.

“Es la espuma del café”, metaforiza un funcionario avezado en el tema “nuestro consumo máximo de 140 millones de metros cúbicos-día”. Se trata de una expresión coloquial: no es pura espuma, por dos razones. La primera es que el Gobierno está jugado a juntar energía de distintas canastas porque la demanda siempre frisa el máximo disponible, o sea que nada sobra. La segunda, que la espuma se deriva en buena medida a países limítrofes. Uruguay, Chile (relación que ya produjo chisporroteos que el Gobierno quiere minimizar), Paraguay. Y, aunque parezca un invento, Bolivia, que compra garrafas.

Pero lo esencial, que los funcionarios no dirán ante el micrófono, es que su primera preocupación es el volumen, mucho más que los precios. El volumen que no sacia una demanda siempre creciente, que remata en producción, crecimiento, empleo… y en algún eslabón de la cadena en votos. Una secuencia que describe la sustentabilidad política y que también obsesiona a Evo y a Lula.

Politizar: El titular de Petrobras, José Gabrielli, había puesto un límite pesado: ni una molécula adicional de gas para la Argentina. “Petrobras es un fierro, una gigantesca empresa, un jugador de verdad, no es igual a Enarsa”, discierne con sensata sorna un propulsor de Enarsa.

Gabrielli –coinciden testigos argentinos– tuvo un rol protagónico en el diálogo en Olivos. “Lula le cedía la palabra muy a menudo, le daba la derecha en todos los temas técnicos.” Petrobras, una empresa de gestualidad imperial que colisionó de frente con el gobierno de Morales, no es un interlocutor manirroto. La Comisión (ejem) trilateral le dará a la relación un sesgo distinto, creen a la vera de Cristina Fernández. Esa presencia estatal que tiene en la cima a presidentes aliados –aspiran– no inventará gas ni lo traerá de regalo, pero podrá funcionar en momentos de urgencia. Si hay una semana de frío intenso –suponen– Lula (que maneja baremos extraeconómicos) arbitrará para que haya una excepción a la regla de Gabrielli.

En tanto, se conformará un grupo político que discurrirá sobre exploración, producción oferta y demanda. Aunque a regañadientes, en el Gobierno aceptan pecar de optimistas en los albores del mandato de Evo, aunque perseveran en su mirada entusiasta. La producción de gas se centra en territorios ajenos a los rebeldes secesionistas, en estos años se han encontrado nuevos yacimientos. Argentina, que paga mejor que Brasil, podría primar en la asignación ulterior.

Porque ya se contó, el precio se paga porque…

…lo importante es el volumen: “Necesitamos un flujo de Bolivia y una mano si hay contingencias, sobre todo en los 25 o 30 días de temperaturas frías extremas”, maquinan en Infraestructura. De Vido está habituado a mover los recursos existentes como quien juega al TEG. Este año incorporará barcazas con gas, un recurso que empinados gerenciadores privados menosprecian y motejan como “africanización”, sin que al Gobierno se le mueva un pelo.

Tampoco pesa el precio del producto, la tesis oficial es que mientras crezcan el PBI y las reservas, las discusiones (en el ágora, que es donde cuenta) se saldarán a favor. El crecimiento convalida la mayor inversión, hasta la necesaria para zafar en la coyuntura, tal es la matriz real del pensamiento oficial.

La ecuación para negociar a futuro es compleja, los estados (presentes en la comisión creada ayer) son solo una parte. Gigantescas empresas completan el elenco. En la Rosada infieren que, después de ayer, disponen de más barajas para negociar con ellas. Alegan que los operadores de Bolivia (Repsol, Petrobras y Tottal por ejemplo) también actúan en Argentina, lo que aumenta la posibilidad de persuadirlos.

“Vamos a incorporar mil megawatts, estamos invirtiendo un millón de dólares por día en Atucha II, la inauguraremos para el Bicentenario.” Un año antes de las presidenciales, razona este diario, falta mucho.

Keynesiano, se obstina por mirar el corto plazo. “¿Y si falta gas en invierno?”, inquiere. “Seguiremos con el plan ‘Energía total’, reemplazar gas por combustible líquido y subsidiar a las empresas.” Se da por hecho que firmarán al pie y que las consecuencias ulteriores volverán los dineros al fisco. Siempre funcionó, carburan y creen que todo verdor perdurará.

Que llueva: El Gobierno, sin verbalizarlo, pone patas arribas una vieja consigna: está persuadido de que lo caro sale barato. O, por contarlo con más extensión y delicadeza, que vale la pena el gasto mientras funcione el circuito: producción, consumo, exportaciones, cosecha de la AFIP y siga la noria.

El Gobierno vive al día, no sin sobresaltos. Todo modo, le va mejor que a sus contradictores. Le profetizaron colapsos energéticos que (por lo menos hasta el cierre de esta nota) no llegaron. Tampoco fueron certeros cuando zarandearon que la inversión en combustibles sustitutos y los pagos excesivos a Bolivia se comerían las reservas, tanto como la prodigalidad electoral. Con debates y elecciones ganados, el Gobierno ni sueña con la autocrítica, ese arte tan ajeno a sus premisas.

La carrera de la producción sigue creciendo, a la par con el consumo de los particulares. La historia, entonces, no tocó a su final, feliz o de catástrofe. Se sustancia día a día, juntando energía de a puchos, inventando fuentes alternativas, comprando. Ayer el Gobierno cargó unos metros cúbicos de política. Su real cuántum se discernirá según pasen los meses.

Diz que en el mediano plazo habrá más holgura, diz que incluso existirá en contados meses. En el ínterin todo suma, incluso mirar al cielo. El Chocón está casi sin líquido, mala fortuna. Pero –la naturaleza es piadosa– en Brasil cayó mucha agua. Buen dato, porque la matriz energética de allí es preferentemente hidráulica, a diferencia de la Argentina. Si el agua da y (dado que Lula banca) podrán ceder algo en el gas o de electricidad si es que pinta. Tal vez el refrán “siempre que llovió paró” reconozca una excepción bajo climas tropicales.

En esa conjunción de decisionismo, gestión de lo escaso, apuesta tenaz al crecimiento sin techo transcurrió el mandato de Néstor Kirchner. En el camino trabó lazos con algunos aliados. En ellos confía, en parte, para seguir en su pulsión por el día a día.

¿Y el largo plazo? Siempre es una materia opcional para los neokeynesianos.

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Unos metros cúbicos de política


pagina12.com.ar/ Por Mario Wainfeld
Repartir lo que no alcanza es todo un dilema. Con esa dura verdad como contexto, en el primer nivel del gobierno argentino se expresó satisfacción por el saldo de la minicumbre gasífera de ayer en Olivos. “Nos vino bárbaro. Politizar la cuestión, ponerla en órbita de los gobiernos es lo que quería Cristina”, salda uno de los ministros comprometido en las tratativas. Conformes dentro de lo posible

El cuadro de situación mete vértigo. Los tres países concernidos (Argentina, Bolivia y Brasil) crecen mucho, también en consumo energético. La mayoría de los habitantes del Altiplano sigue sin tener gas domiciliario, pero el consumo general se duplicó desde 2004. Las voluntaristas proyecciones sobre la producción de ese país toparon con bretes surtidos: la crisis política, la feroz oposición, la condición novata del MAS en gestión, por enumerar apenas algunas causas. Aquí y ahora Bolivia no puede honrar las promesas plasmadas con Argentina hace un par de años. Comparada con Brasil, Argentina es un pequeño importador desde Bolivia: su ambición era una remesa diaria de 7,7 millones de metros cúbicos, hoy pasa menos de la mitad.

“Es la espuma del café”, metaforiza un funcionario avezado en el tema “nuestro consumo máximo de 140 millones de metros cúbicos-día”. Se trata de una expresión coloquial: no es pura espuma, por dos razones. La primera es que el Gobierno está jugado a juntar energía de distintas canastas porque la demanda siempre frisa el máximo disponible, o sea que nada sobra. La segunda, que la espuma se deriva en buena medida a países limítrofes. Uruguay, Chile (relación que ya produjo chisporroteos que el Gobierno quiere minimizar), Paraguay. Y, aunque parezca un invento, Bolivia, que compra garrafas.

Pero lo esencial, que los funcionarios no dirán ante el micrófono, es que su primera preocupación es el volumen, mucho más que los precios. El volumen que no sacia una demanda siempre creciente, que remata en producción, crecimiento, empleo… y en algún eslabón de la cadena en votos. Una secuencia que describe la sustentabilidad política y que también obsesiona a Evo y a Lula.

Politizar: El titular de Petrobras, José Gabrielli, había puesto un límite pesado: ni una molécula adicional de gas para la Argentina. “Petrobras es un fierro, una gigantesca empresa, un jugador de verdad, no es igual a Enarsa”, discierne con sensata sorna un propulsor de Enarsa.

Gabrielli –coinciden testigos argentinos– tuvo un rol protagónico en el diálogo en Olivos. “Lula le cedía la palabra muy a menudo, le daba la derecha en todos los temas técnicos.” Petrobras, una empresa de gestualidad imperial que colisionó de frente con el gobierno de Morales, no es un interlocutor manirroto. La Comisión (ejem) trilateral le dará a la relación un sesgo distinto, creen a la vera de Cristina Fernández. Esa presencia estatal que tiene en la cima a presidentes aliados –aspiran– no inventará gas ni lo traerá de regalo, pero podrá funcionar en momentos de urgencia. Si hay una semana de frío intenso –suponen– Lula (que maneja baremos extraeconómicos) arbitrará para que haya una excepción a la regla de Gabrielli.

En tanto, se conformará un grupo político que discurrirá sobre exploración, producción oferta y demanda. Aunque a regañadientes, en el Gobierno aceptan pecar de optimistas en los albores del mandato de Evo, aunque perseveran en su mirada entusiasta. La producción de gas se centra en territorios ajenos a los rebeldes secesionistas, en estos años se han encontrado nuevos yacimientos. Argentina, que paga mejor que Brasil, podría primar en la asignación ulterior.

Porque ya se contó, el precio se paga porque…

…lo importante es el volumen: “Necesitamos un flujo de Bolivia y una mano si hay contingencias, sobre todo en los 25 o 30 días de temperaturas frías extremas”, maquinan en Infraestructura. De Vido está habituado a mover los recursos existentes como quien juega al TEG. Este año incorporará barcazas con gas, un recurso que empinados gerenciadores privados menosprecian y motejan como “africanización”, sin que al Gobierno se le mueva un pelo.

Tampoco pesa el precio del producto, la tesis oficial es que mientras crezcan el PBI y las reservas, las discusiones (en el ágora, que es donde cuenta) se saldarán a favor. El crecimiento convalida la mayor inversión, hasta la necesaria para zafar en la coyuntura, tal es la matriz real del pensamiento oficial.

La ecuación para negociar a futuro es compleja, los estados (presentes en la comisión creada ayer) son solo una parte. Gigantescas empresas completan el elenco. En la Rosada infieren que, después de ayer, disponen de más barajas para negociar con ellas. Alegan que los operadores de Bolivia (Repsol, Petrobras y Tottal por ejemplo) también actúan en Argentina, lo que aumenta la posibilidad de persuadirlos.

“Vamos a incorporar mil megawatts, estamos invirtiendo un millón de dólares por día en Atucha II, la inauguraremos para el Bicentenario.” Un año antes de las presidenciales, razona este diario, falta mucho.

Keynesiano, se obstina por mirar el corto plazo. “¿Y si falta gas en invierno?”, inquiere. “Seguiremos con el plan ‘Energía total’, reemplazar gas por combustible líquido y subsidiar a las empresas.” Se da por hecho que firmarán al pie y que las consecuencias ulteriores volverán los dineros al fisco. Siempre funcionó, carburan y creen que todo verdor perdurará.

Que llueva: El Gobierno, sin verbalizarlo, pone patas arribas una vieja consigna: está persuadido de que lo caro sale barato. O, por contarlo con más extensión y delicadeza, que vale la pena el gasto mientras funcione el circuito: producción, consumo, exportaciones, cosecha de la AFIP y siga la noria.

El Gobierno vive al día, no sin sobresaltos. Todo modo, le va mejor que a sus contradictores. Le profetizaron colapsos energéticos que (por lo menos hasta el cierre de esta nota) no llegaron. Tampoco fueron certeros cuando zarandearon que la inversión en combustibles sustitutos y los pagos excesivos a Bolivia se comerían las reservas, tanto como la prodigalidad electoral. Con debates y elecciones ganados, el Gobierno ni sueña con la autocrítica, ese arte tan ajeno a sus premisas.

La carrera de la producción sigue creciendo, a la par con el consumo de los particulares. La historia, entonces, no tocó a su final, feliz o de catástrofe. Se sustancia día a día, juntando energía de a puchos, inventando fuentes alternativas, comprando. Ayer el Gobierno cargó unos metros cúbicos de política. Su real cuántum se discernirá según pasen los meses.

Diz que en el mediano plazo habrá más holgura, diz que incluso existirá en contados meses. En el ínterin todo suma, incluso mirar al cielo. El Chocón está casi sin líquido, mala fortuna. Pero –la naturaleza es piadosa– en Brasil cayó mucha agua. Buen dato, porque la matriz energética de allí es preferentemente hidráulica, a diferencia de la Argentina. Si el agua da y (dado que Lula banca) podrán ceder algo en el gas o de electricidad si es que pinta. Tal vez el refrán “siempre que llovió paró” reconozca una excepción bajo climas tropicales.

En esa conjunción de decisionismo, gestión de lo escaso, apuesta tenaz al crecimiento sin techo transcurrió el mandato de Néstor Kirchner. En el camino trabó lazos con algunos aliados. En ellos confía, en parte, para seguir en su pulsión por el día a día.

¿Y el largo plazo? Siempre es una materia opcional para los neokeynesianos.

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Retoños de Seineldín

PAGINA12.COM.AR/ Por Horacio Verbitsky
Un comando entrenado por Seineldín para el secuestro de personas, un funcionario de la dictadura bonaerense como jefe de asesores de Stornelli y operaciones de control ideológico con el pretexto de las drogas en la UFIDRO configuran el retorno de concepciones y ejecutores incompatibles con la seguridad democrática. La contradicción con su política de derechos humanos fuerza al gobierno nacional a una definición, por costosa que sea en términos políticos.

La designación como viceministro de seguridad de Mendoza del comisario Carlos Rico Tejeiro, entrenado como comando por el ex coronel Mohamed Ali Seineldín, a quien secundó en un organismo especial creado para desaparecer personas durante el campeonato mundial de fútbol de 1978; la designación como jefe de policía de Buenos Aires del comisario Daniel Salcedo, que entregó la formación de los futuros oficiales al ultramontano colaborador de la dictadura Fray Aníbal Fosbery; la creación de un comité asesor del ministro bonaerense de Seguridad Juan Carlos Stornelli, encabezado por el juez Alberto Durán, que fue funcionario del ministerio de gobierno durante la dictadura; los ataques de un funcionario entrerriano a las Abuelas de Plaza de Mayo y los HIJOS de desaparecidos, y las operaciones de espionaje ideológico realizadas con el pretexto de investigaciones sobre drogas por la unidad fiscal UFIDRO, confrontan a la democracia argentina con los peores fantasmas de una época que se resiste a pasar a retiro y generan una crisis similar a la que provocó el ex gobernador bonaerense Carlos Rückauf cuando dejó la seguridad en manos del también comando y líder carapintada Aldo Rico, quien se sostuvo apenas cuatro meses en el cargo, poco más de lo que lleva Rico Tejeiro en el suyo.

Aquel experimento no provocó disonancias con el gobierno nacional de entonces, porque el presidente Fernando de la Rúa era también muy conservador. Para el gobierno de CFK y para los proyectos de Néstor Kirchner de reorganizar el partido Justicialista como eje de una coalición progresista, constituye un serio escollo, porque los coloca en contradicción con su política de respeto a los derechos y garantías constitucionales frente a la protesta social y de justicia por las violaciones del terrorismo de Estado a los derechos humanos.

A patadas

Mendoza es una de las provincias donde la psicosis por la seguridad es mayor. Asociaciones de víctimas de delitos y de policías apoyan a los políticos conservadores que oponen la seguridad con el respeto por los derechos humanos, como si fueran valores opuestos y no dos requisitos imprescindibles y complementarios de la democracia. Pero el nuevo hombre fuerte de la seguridad cuyana ni siquiera es un especialista en la lucha contra el delito sino en la represión de las manifestaciones callejeras. Un ministro del gobierno nacional contó una escena vista por televisión, cuando varios señores vestidos con traje y corbata intentaron linchar a un joven en el centro de la ciudad. “Si no lo rescata la policía, lo mataban a patadas. Había arrebatado una cartera, no asesinado a una viejita”, dijo. Rico Tejeiro y los demás integrantes de la nueva cúpula de seguridad fueron pasados a retiro obligatorio en 1999 a raíz de una sublevación policial con armas, en reclamo de mejoras salariales.

Complicaciones políticas

El caso mendocino tiene severas complicaciones políticas, dado que las fuerzas alineadas con el gobierno nacional concurrieron a las elecciones provinciales en dos listas enfrentadas. Celso Jaque, del Partido Justicialista, obtuvo la gobernación en octubre, venciendo al radical César Bifi, candidato elegido por el vicepresidente Julio Cobos en la Concertación con un sector del kirchnerismo. Como ministro de Seguridad, Jaque designó al candidato a vicegobernador del Partido Demócrata, Juan Carlos Aguinaga, que con el 10 por ciento de los votos fue la tercera fuerza en octubre. Para agregar complejidad al caso, el gobierno de Jaque tiene dos alas enfrentadas. Por un lado los conservadores de Aguinaga, quien convocó a Rico Tejeiro y a otros policías de su grupo, y los funcionarios de derechos humanos Pablo Salinas y Diego Lavado, quienes antes de llegar al gobierno impulsaron los juicios por los crímenes de la dictadura en la provincia, en los que fueron detenidos algunos camaradas de Rico Tejeiro. Esas coaliciones se repitieron cuando la Legislatura trató un proyecto para separar a Rico Tejeiro. La moción requería dos tercios de los votos, que no se alcanzaron. Veintisiete legisladores del pejota y conservadores respaldaron al comando de Seineldín, mientras veinte kirchneristas, radicales de la Concertación y del ARI apoyaron su remoción.

La confusión

En su viaje a Mendoza la presidente CFK no recibió a los organismos de derechos humanos y delegó la audiencia en el ministro del Interior Florencio Randazzo, quien repitió el discurso del gobernador Jaque y dijo que el problema debía dirimirlo la justicia. Es una confusión inadmisible entre un juicio penal, en el que son necesarias pruebas irrefutables de la comisión de un delito para condenar a una persona, y una evaluación política acerca de la idoneidad para ocupar un cargo público. Con el criterio defendido por Jaque y Randazzo, el ex subcomisario Luis Patti estaría sentado hoy en una banca de la Cámara de Diputados. Fue después de su exclusión decidida por la Cámara que los hijos del ex diputado Diego Muniz Barreto consiguieron las pruebas necesarias para llevarlo a la cárcel por ese y otros secuestros y asesinatos. El Partido Demócrata cogobernó con los militares durante la dictadura de 1976 a 1983, a la que dio incluso varios ministros nacionales, como el de defensa Amadeo Frugoli. Un hermano del actual ministro, Alberto Aguinaga, era el ministro de gobierno el 29 de marzo de 1982, cuando la policía provincial que integraba Rico Tejeiro fue puesta a las órdenes del Ejército, igual que la Gendarmería. En respuesta a un paro general de la CGT con movilización en las calles, las tropas abrieron fuego sobre la multitud, causando la muerte del obrero minero José Benedicto Ortiz y heridas de bala a otros cinco manifestantes. En 1999 Ezequiel Aguinaga tuvo un incidente con dos limpiavidrios del centro. Su padre, Alberto, llegó al lugar y exhibió un arma. En 2001 presentó un proyecto de ley que castigaba con un mes de cárcel a limpiavidrios y vendedores ambulantes que ofrezcan sus servicios en forma insolente, que fue apoyado por la UCR. En 2003, cuando el entonces presidente de Cuba, Fidel Castro, visitó la Argentina, Juan Carlos Aguinaga pidió que fuera detenido y juzgado por la comisión de crímenes contra la humanidad. Tamaña ideologización de la política de seguridad puede incrementar el conflicto social, pero no disminuir la criminalidad.

La escuela de Seineldín

Los principales argumentos en contra de la designación del comando Rico Tejeiro provienen de su propia pluma y constan en su legajo. En diciembre de 1977, al negarle el ascenso al grado superior, la Junta de Calificaciones de la policía provincial señaló que Rico Tejeiro había hecho su carrera en Unidades Especiales, con escasos lapsos en comisarías en las que se desarrollara trabajo policial. En su exitoso pedido de reconsideración, narró los actos de su vida que consideraba relevantes. Para ejemplificar acerca de su aptitud física, consignó que fue propuesto por la Jefatura de Policía para realizar el curso de Comando Militar en la Escuela de Infantería del Ejército y “participar en la elaboración y ejecución” del Proyecto G.E.S. 78”. Según el ministro Aguinaga el único objeto de ese grupo era “resguardar la paz social” durante el Campeonato Mundial de Fútbol (sic). Pero un libro de alguien próximo a Seineldín (Héctor Simeoni: Línea de Fuego, Sudamericana 1991) reproduce el testimonio sobre aquella época de un coronel de los llamados nacionalistas, quien dice que el curso se empezó a dictar en Campo de Mayo. “La represión de la guerrilla ya había empezado antes de 1976. El Proceso oficializa nuestro curso y de esta manera sale a luz en toda su dimensión”, agrega. Luego Seineldín “nos llevó a un grupo con él a la Policía Federal. El general Cesáreo Cardozo le pidió que fuéramos a la policía porque había excesos, falta de honestidad. Nos llevó a varios de nosotros a hacer un curso de formación contrarrevolucionaria. Después se diseñó un cursillo de siete días, con aislamiento, con un alto contenido técnico y formativo especializado para actuar en cuestiones contra la subversión. De allí surgió una escuela especial que primero se llamó Centro de Instrucción Contrarrevolucionaria y luego CAEP (algo así como Centro de Actividades Especiales Policiales)”. En 2004 otro de los oficiales instruidos por Seineldín, el teniente coronel Guillermo Bruno Laborda, relató en qué había consistido el resguardo de la paz social durante el campeonato de 1978. Asignado a la custodia del centro de prensa de la sede cordobesa, transportó en una ambulancia a una mujer que el día anterior había dado a luz, desde el Hospital Militar Córdoba hasta el campo de la guarnición. Había sido “condenada a muerte debido a su probado accionar en actos de sabotaje en el desarrollo del mundial”. Su traslado “al campo de fusilamiento de la Guarnición fue lo más traumático que me tocó sentir en mi vida. La desesperación, el llanto continuo, el hedor propio de la adrenalina que emana de aquellos que presienten su final, sus gritos desesperados implorando que si realmente éramos cristianos le juráramos que no la íbamos a matar fue lo más patético, angustiante y triste que sentí en la vida y que jamás pude olvidar. Todos los oficiales designados, procedimos a fusilar a esta terrorista que, arrodillada y con los ojos vendados, recibió el impacto de más de veinte balazos de distintos calibres. Su sangre, a pesar de la distancia nos salpicó a todos. Luego siguió el rito de la quema del cadáver, el olor insoportable de la carne quemada y la sepultura disimulada propia de un animal infectado. Nunca supe el destino del niño o niña”.

Rico Tejeiro admite que esa especialidad define a quien la ha adquirido, “aunque ella no haya sido legal y organizadamente constituida” y se refiere a sí mismo como “un infante”. Después de los cursos, Rico Tejeiro y su colega Adolfo Siniscalchi fueron recomendados por el jefe que sucedió a Cardozo al frente de la Policía Federal, general Edmundo Ojeda, para integrar el centro antisubversivo mendocino y felicitados por su rendimiento, por el jefe de la Policía de la Provincia de Mendoza, comodoro Julio César Santuccione. Según el ministro Aguinaga, Santuccione le puso una bomba en su casa. Luego de cursar con Seineldín en ese Centro de Instrucción Contrasubversivo, CIC, Rico Tejeiro fue instructor en cursos de Infantería, Control de Disturbios y Lucha Contrasubversiva, según afirma en defensa de su también cuestionada aptitud intelectual. Como instructor del “Plan de Actividades Teóricas y Prácticas contra la Subversión”, Rico Tejeiro capacitó a Eduardo Smaha, detenido por el homicidio del poeta Paco Urondo.

Psicología de multitudes

También dice que representó a la policía de Mendoza ante el ministerio del Interior, a cargo del general Albano Eduardo Harguindeguy, donde “fue felicitado por su eficaz accionar”. Además fue profesor de oficiales de la Fuerza Aérea, de Gendarmería y de otras policías provinciales, en Estrategia y Técnica de Combate. Agrega que dictó clases de Acción Sicológica y Psicología de Multitudes, a las que llama “materias basales para la actividad policial”, imprescindibles en “rubros fundamentales como Control de Disturbios, Prevención de Disturbios, Contención de Multitudes, Agresivos y Compuestos Químicos como integrantes del arsenal policial”. Esas aptitudes son muy apreciadas bajo una dictadura militar que no permite manifestaciones en las calles pero no se advierte su utilidad en la represión del delito en el orden constitucional. En las acciones violentas, dice Rico, “se sale del terreno de lo inminentemente específico, para entrar en otro campo, como es la Táctica, la Psicología, la Técnica de Combate, la Estrategia”. En estas disciplinas “el elemento de su trabajo es el hombre”. Estas definiciones, vigentes en la doctrina de la seguridad nacional, son incompatibles con una concepción de seguridad democrática.

Para refutar que careciera de aptitud moral, Rico Tejeiro explicó que como Católico, Apostólico y Romano “profesa que la esencia de la moralidad consiste en la conformidad de la conducta humana con la Voluntad Divina. En consecuencia rechaza todo tipo de doctrina materialista”. Agregó que había dictado clases y conferencias de “Estrategia” y sobre “Intento de destrucción del valor espiritual a través del tiempo”, una de las obsesiones de Seineldín. Ello le permitía “desempeñarse con una tranquilidad mística”. En su pedido de investigación sobre Rico y sus colaboradores, los organismos defensores de los derechos humanos de Mendoza enumeraron una cadena de once secuestros que ocurrieron entre el 15 y el 29 de mayo de 1978, en pleno funcionamiento del Grupo Especial 78 G78. El estudiante universitario Juan José Galamba, era buscado por sus contactos con Montoneros, desde 1976, cuando eludió un operativo conjunto en el que fueron secuestrados amigos y parientes. Los desaparecidos en mayo de 1978 lo habían ayudado y alojado mientras escapaba. Margarita Dolz de Castorino fue secuestrada el 15 de mayo; Aldo Enrique Patroni, el 17. Luego fue el turno de Raúl Gómez Mazzola. El 22 desaparecieron Mario Guillermo Camín, amigo de Galamba, y su padre, Gustavo Camín, quien lo empleó en una cantera en San Juan. El 24 cayeron Daniel Romero y su hermano Daniel; el 25 Víctor Hugo Herrera e Isabel Membrive y el 28 Ramón Alberto Sosa y Juan José Galamba, el hermano del prófugo.

Otras joyas

Como para que no quede duda que se trata de una política, el gobierno mendocino también designó a los comisarios generales Pedro Chacón, como director de Investigaciones; Aníbal Gómez en la dirección de Logística; Vicente Chacón a cargo de los registros de armas y de agencias se seguridad privada y Raúl Vega como director de Recursos Humanos. Todos ellos participaron también en el Centro de Instrucción Contrasubversivo, CIC y Gómez se desempeñó en la temida dirección de inteligencia D2, donde se torturaba a los detenidos-desaparecidos. El ex subjefe de la Policía Federal, comisario general Antonio Mingorance, certificó que Vicente Chacón fue entrenado en “técnicas, procedimientos y métodos” y en “la afirmación de los valores por los cuales enfrentamos esta lucha común”, que facilitarán “la erradicación definitiva de la delincuencia apátrida”. Al asumir la gobernación, Jaque nombró a Pedro Chacón en Inteligencia, pero debió relevarlo cuando se supo que estaba produciendo informes de inteligencia sobre la actividad de diversos partidos políticos, algo prohibido por la ley de inteligencia nacional y por la legislación local. Sin embargo, Jaque lo designó entonces en Investigaciones. Además de su desempeño durante la dictadura, algunos de los policías del equipo de Aguinaga y Rico han sido objetados por temas más recientes. Vicente Chacón fue suspendido como director de Robos y Hurtos, por no informar las reiteradas inasistencias de subordinados que cobraban como si hubieran trabajado. Jaque lo puso a cargo del control de armas y de las agencias de seguridad privada. El nuevo director general de Policías, Jorge Alfredo Guerrero Escudero, persiguió en 2004 con dos patrulleros a un auto que había pasado un control fitosanitario sin abrir el baúl para su revisión. Los sospechosos debieron salir del auto rodeado por la policía con los brazos en alto. Recién en la comisaría primera les permitieron identificarse. Eran un juez federal, un fiscal, un defensor oficial y un secretario de la Justicia Federal de San Juan invitados a la asunción de un colega en Mendoza. El problema se reducía a que no llevaban la llave del baúl. Guerrero Escudero fue denunciado por privación ilegítima de la libertad. En conversaciones privadas, Kirchner ha cuestionado a “quienes creen que la inseguridad se combate designando asesinos” y dijo haber enviado señales a Jaque para que diera un corte rápido a la desgastante situación. Pero hasta ahora el Poder Ejecutivo nacional sólo se ha manifestado por medio de la desdichada frase de Randazzo. Esta abstención no podrá prolongarse mucho más.

La contradicción con su política de derechos humanos lo fuerza a una definición, por costosa que sea en términos políticos. En comparación, el agasajo protocolar a un dictador africano aparece como un pecado menor, convertido en un caballito de batalla por la misma prensa conservadora que no se desvela por la proliferación de los retoños de Seineldín con el pretexto de la inseguridad.


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Estalló el verano


PAGINA12.COM.AR/ Por Mario Wainfeld
Macri y Scioli, sus primeras movidas. De cómo defender una política por todos los medios. La formación de la imagen del gobernador. La seguridad, usos y abusos. El conurbano y un agujero negro. Lo que hizo y lo que no hace el jefe de Gobierno, pujas en su entorno. Y una pincelada sobre los veranos.

Las elecciones de octubre (o, mejor dicho, los ciudadanos) ordenaron el escenario: se contaron las costillas, se construyeron mayorías y minorías, se eligió a los gobernantes. Las enérgicas decisiones de Néstor Kirchner en estos meses reconfiguraron el horizonte. El Gobierno tiene un adalid extramuros de la Rosada, un aporte inédito que tiene mucho de experimento. El PJ se reanima, para euforia de algunos aliados de Kirchner y desasosiego de otros. El radicalismo se ve forzado a tramitar su división. Mauricio Macri y Daniel Scioli quedan muy mutilados para operar al interior del peronismo, privación a la que deberán acomodarse por un tiempo largo y en tanto no sobrevenga alguna catástrofe. Elisa Carrió es robustecida en su lugar: la máxima opositora, la única que no tiene ni anhela ningún canal de interlocución, la única que hace un culto de no interactuar con peronistas (salvo un puñado que ella misma selecciona), la que no gobierna. Su territorio es la palabra, su estilo, la intransigencia, su apuesta es alguna variante de crisis.

Cristina Fernández de Kirchner, de momento, es más eclipsada por su esposo que por sus antagonistas, aunque Macri y Scioli roban cámara y le compiten por el centimil. Hay un dato vistoso que mejora una gestión avara en novedades y de baja visibilidad: la presidenta va delineando un estilo político peculiar, que la va diferenciando de Kirchner y, por ahora al menos, también de quienes gobiernan Buenos Aires y la Capital. Ella es la mandataria que va armando escenas e instancias, de diálogo con gentes que no son de su propio palo: el Episcopado, el embajador norteamericano, la CTA, en esta semana los asambleístas de Gualeguaychú. Opositores acérrimos o parciales tienen su audiencia en la Rosada.

Intercambiar o discutir en el máximo nivel del Gobierno con dirigentes o emergentes sociales representativos es un paso estimulante, inusual para una cultura política que propende a asociar el diálogo con el verso y la negociación con el contubernio. La real calidad de esos encuentros podrá calibrarse con el tiempo, en función de su perduración, de la capacidad de las partes para escuchar, para afinar sus posiciones, para conceder, para generar nuevas instancias de convivencia.

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Por todos los medios: Daniel Scioli defiende su política por todos los medios. Los medios de difusión, se entiende. El gobernador recorre en sinfín radios, canales de TV de aire o de cable, atiende informativos y a la prensa escrita. Cualquier medio es el mensaje: programas políticos convencionales, infos, magazines radiales, la mesa de Mirtha cuando cuadra. Muchos cronistas deportivos han cobrado súbito interés por las cuestiones de estado provinciales, requieren (y, da la impresión, re-quieren mucho) a Scioli.

La hiperexposición es su modo de campaña permanente. El discurso es tan sencillo como torrentoso, Scioli hace un inventario de los problemas y asegura estar obrando las soluciones. La seguridad es el sol de ese universo, pero muchas otras cuestiones orbitan a su alrededor.

El gobernador da cuenta de su compromiso personal, diagnostica que la gente está harta de diagnósticos, enumera a velocidad de rayo acciones ya desplegadas o en ciernes (más patrulleros en las calles, proyecto de leyes penales y procesales, lucha contra el paco), cuenta que hay muchos que le preguntan si no se está exponiendo demasiado y les responde que para eso fue elegido. Más que responder preguntas, propala una serie de monólogos con marcada insistencia en la primera persona del singular.

La presentación es recurrente, muchas referencias se reiteran como un calco: los razonamientos, los ejemplos tonificadores o deprimentes (“la gente que llamó al 911”, tal o cual ladrón sorprendido in flagrante delicto y liberado con celeridad).

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¿Inseguro yo? La inseguridad encabeza las preocupaciones ciudadanas en muchos países, incluso los de esta región devastada por muchos otros flagelos sociales. Ya se sabe, es esquiva la relación entre los vaivenes de la tasa de criminalidad y los de la percepción de inseguridad. A partir de una interesante investigación promovida por el Ministerio de Justicia de la Nación (publicada en El delito en la Argentina post crisis VVAA, 2007), el especialista Elías Carranza escribió “en el corto plazo la percepción del delito por parte de la población y las tasas reales de criminalidad mantienen autonomía y con frecuencia contradicción entre sí (…) por lo general la sensación de inseguridad disminuye con bastante posterioridad al decrecimiento del delito”. El saber experto es una sutileza que no suele horadar la coraza de muchos comunicadores y que sólo barniza la visión de muchos dirigentes. Los delitos son un issue formidable para los medios audiovisuales, que de pálpito transforman un caso en una tendencia. Es un tópico de cronistas y entrevistados mofarse de las disquisiciones sobre la “sensación de inseguridad” tras la comisión de algún ilícito. Ese sentido común es charro y desatinado. La ecuación personal de la víctima no describe un marco general ni le concede saber en datos exóticos a su conocimiento.

Todo modo, la demanda es alta, convoca a la acción y al verbo político. El pronóstico del gobernador no deja afuera ninguna de las variables trilladas sobre el tema, desde las policiales hasta las más progres. Habla de equipamiento policial, de presencia en las calles, de quienes “entran por una puerta y salen por la otra”, del vagabundaje juvenil, como place a las derechas. También de tópicos progres: las determinantes sociales del delito, la desigualdad, la falta de educación o de trabajo.

El arsenal convencional se enriquece con consignas de cuño propio. Razonablemente prevenido ante el afán de vecinos propensos a meter bala en forma privada, Scioli predica que “la única arma que debe usarse es el teléfono”. No propone valerse del aparato como objeto contundente o como proyectil, sino que exhorta al uso de la línea 911. Algunos casos resueltos merced a esas llamadas son eje de la publicidad oficial sobre el tema y de las palabras del gobernador. Los creativos y el protagonista político concuerdan: la apelación vecinal al 911 es una forma de participación. Scioli redondea el concepto: la seguridad se resuelve entre todos, funcionarios, policías y “la gente”. “La gente” discando, se entiende. Más allá de la incomodidad que puede causar a ciertas sensibilidades (la del cronista, por ejemplo) tratar en tono de epopeya el modo en que un vecino denuncia a “gente rara” que merodea por el barrio, sorprende que se llame participación al mero requerimiento a la autoridad.

Si se mira mejor, la participación civil fue severamente mochada por Scioli cuando desbarató el esquema dispuesto por León Arslanian y devolvió incumbencias políticas a la Bonaerense. El renacido predicamento de “la plana” (siempre mentada, loada y consultada según las alocuciones de Scioli y su ministro Carlos Stornelli) es una regresión, un retroceso de la sociedad civil.

En cuestión de días el staff de Stornelli sufrió una baja importante: el secretario Martín López Perrando, que en menos de dos meses pasó del Poder Judicial porteño al Ejecutivo provincial y de éste a la sociedad civil. Un periplo veloz de cuyo desenlace poco dijo el gobierno bonaerense, tal vez suponiendo que la genuina publicidad de los actos de gobierno (explicar sus causas y motivos) no le importa a “la gente”.

Plegado al estilo del gobernador, Stornelli deambula como un bombero en pos de los síntomas. Bueno es que las autoridades pongan el cuerpo ante los ciudadanos, que se dejen ver, que hablen. De ahí a suponer que gobernar es acudir adonde estalle un problema, hay un campo. Scioli y Stornelli están en perpetua quinesis, lo que posiblemente engalane la imagen del gobernador y no la de su funcionario, que luce desgarbado e incómodo ante micrófonos o cámaras. Pero es más que dudoso que eso sea un cabal abordaje de temáticas complejas que no sólo exigen una enumeración de sus partes sino una propuesta global de Gobierno.

Uno de sus puntos más evidentes y menos pensados es una política estatal respecto del Conurbano bonaerense, un problema de rango nacional que no se paliará por el mero crecimiento económico. Tiene una población mucho mayor que sus perspectivas virtuales de generar trabajo. Se ha convertido en un sitio poco amigable para radicaciones industriales o emprendimientos de servicios que irán en pos de comunidades con menos riesgo. Tiene una fuerza de seguridad salvaje y gigantesca y está asolada por agencias privadas mayormente compuestas por personajes patibularios. Su infraestructura urbana colapsó hace rato. Aun para los crueles registros argentinos, es chocante la desigualdad social visible en ese territorio. El conurbano no saldrá de su postración si se lo deja librado al derrame del modelo, a su mera acumulación o a las políticas reactivas e inmediatistas de su gobernación. Seguirá siendo un foco de conflictos y de inequidad donde vive una fracción muy alta de la población argentina. Un genuino problema nacional, que no se resuelve llamando al 911, sino pensando en el largo plazo, ese agujero negro de la política autóctona.

Entre tanto, Scioli sigue esculpiendo su imagen pública, frente a su propio jardín de senderos que se bifurcan. En 2011 podrá revirar por la gobernación o tentar por la presidencia. Podría hacerlo con los colores kirchneristas o con otra bandera de conveniencia. Es el único dirigente que dispone, hoy y aquí, de tal abanico de chances.

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El Jefe va de tapas: Kirchner sigue sin verle uña de guitarrero a Macri. Pronostica ante oídos fieles que fracasará, más pronto que tarde, en su gestión comunal. Que se estampará contra una pared por su falta de carácter, por la pobreza de sus equipos o por los reflejos destemplados de la sociedad porteña. En torno de “Mauricio” cunden el optimismo y la tradicional vocación criolla por la autoalabanza desmedida. Con tan pocas millas corridas, todo pronóstico suena prematuro.

La Capital es menos tremenda que la provincia (como suele remarcar al desgaire Scioli, cuidando de no parecer irónico) pero es muy tonante. El jefe de Gobierno se ha hecho un lugar con acciones que poco tienen que ver con la gestión urbana y mucho con la construcción de su figura. Sus querellas con los sindicatos y la intervención a la obra social municipal son ajenas a la vida cotidiana de casi todos los porteños, pero lo consolidan como referencia de la centroderecha y le defieren tapas en los diarios. Menos dotado para el trato personal que Scioli (imbatible en la buena onda y la actitud zen ante las críticas), Macri ha sabido hacerse un poco más locuaz, aunque no consigue despojarse de su acento de Palermo Chico ni de sus mohínes de heredero. Se vale más de sus allegados en la arena mediática, Gabriela Michetti revalida los espacios y los manejos expositivos que mostró en la campaña. Horacio Rodríguez Larreta es el que va a pelearse, otros registros le calzan muy mal. El joven Marcos Peña va haciéndose lugar, como comunicador y diz que como hacedor de políticas. Correveidiles de Palacio (Municipal) chimentan que saltan chispas entre los tres mencionados, sobre todo con el recién llegado y ascendido. Los interesados niegan, unánimes, las internas. Pero, ya se dijo, todos en su derredor las perciben y obran en consecuencia. Las percepciones expandidas, digámoslo por última vez en esta columna, fungen como hechos. Las versiones conspirativas generan anticuerpos y paranoia, la paranoia suele terminar corroborando sus propias profecías. Estas cuitas continuarán.

En los pasillos ya se habla de los comicios de 2009, en voz baja por si “la gente” se encoleriza. Pero el año que viene se eligen diputados y legisladores locales, una contienda que será determinante entre PRO y la Coalición Cívica. Ninguno contará con su principal figura (una situación que los debilita mucho), quieras que no hay que ir pensando en suplentes que se la banquen. Por eso se ven aprontes de Alfonso Prat Gay o de Michetti. Son amagues, todo puede cambiar, no son puro bluff.

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To be or not to be: Hasta hoy, Macri no ha exhibido un plan de gobierno ni cosa que se le parezca, aunque sí se movió más de lo esperado. Su caballito de batalla, el traspaso de la Federal, se encastró en un embudo, que le exige una decisión. Más allá de rezongar porque otros gobernantes no complacen sus requerimientos (una costumbre que le sale bien), debe resolver si crea una fuerza propia y se hace cargo de las consecuencias de sus acciones. Su ministro de Seguridad, Guillermo Montenegro, estudia con afán (y sin especial versación) precedentes extranjeros. En la cancha, un presidente de Boca debe saberlo, las cosas son muy diferentes que en la tribuna.

¿Podrá Macri mantener su levedad como gobernante y sus potencialidades como líder nacional opositor? No es lúcido jugarse por una respuesta tajante, el precedente de Fernando de la Rúa fuerza a la prudencia predictiva. El radical llegó a presidente porque había una mayoría electoral necesitada de un paladín opaco. Nada es igual, años después, pero pueden pensarse algunas analogías. La derecha argentina, una derecha dura y despechada, necesita un referente para pujar por el poder a escala nacional.

Macri es el mejor prospecto, podría (valga el condicional pero también el verbo) seguir siéndolo a despecho de si hay más baches o menos subtes. Si se mantiene en el candelero, podría serle suficiente. Valga el condicional, otra vez, repitiendo que Scioli y Carrió también pueden interpelar a ese sector, pero por ahora a la zaga del jefe de Gobierno.

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La creación política: Las elecciones en Estados Unidos dan cuenta de la complejidad de los sistemas democráticos. La movilización popular, el voto, la performance de los líderes pueden generar lo impensado aun en un sistema estable, algo cristalizado, muy condicionado por el peso del dinero. Rudolph Giuliani, un aspirante de fuste, con carisma y buena plata, se mancó casi en la línea de largada. La atropellada de Barack Obama, su interpelación a grupos desmovilizados, la paridad con Hillary Clinton dibujan un esquema que no estaba en los cálculos previos de muchos que calculan, a menudo bien.

La dialéctica entre múltiples actores, incluidos los ciudadanos (ensalzados por los editoriales y desdeñados en los análisis de los medios), es una fuerza creativa no siempre controlable, por suerte.

Un nuevo escenario empieza a configurarse en la Argentina y dota de interés a un verano por lo demás cálido y perezoso. Es, pues, un verano atípico, debiendo hacerse la salvedad de que en estas pampas lo atípico es más bien la regla. La fauna autóctona abunda en rarezas, variantes gauchas de los ornitorrincos o los cisnes negros. Algunos veranos son atípicos por crímenes o asaltos guerrilleros a cuarteles. Otros porque caen gobiernos en cosa de horas. Otros porque hay protagonistas nuevos o en roles nuevos. Sus movidas son interesantes, también son pininos.

De todos modos, es verano. Todo cobrará más densidad cuando terminen las vacaciones, merme el calor, “la gente” retorne a sus menesteres y “la gentecita” a las escuelas.

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Retoños de Seineldín

PAGINA12.COM.AR/ Por Horacio Verbitsky
Un comando entrenado por Seineldín para el secuestro de personas, un funcionario de la dictadura bonaerense como jefe de asesores de Stornelli y operaciones de control ideológico con el pretexto de las drogas en la UFIDRO configuran el retorno de concepciones y ejecutores incompatibles con la seguridad democrática. La contradicción con su política de derechos humanos fuerza al gobierno nacional a una definición, por costosa que sea en términos políticos.

La designación como viceministro de seguridad de Mendoza del comisario Carlos Rico Tejeiro, entrenado como comando por el ex coronel Mohamed Ali Seineldín, a quien secundó en un organismo especial creado para desaparecer personas durante el campeonato mundial de fútbol de 1978; la designación como jefe de policía de Buenos Aires del comisario Daniel Salcedo, que entregó la formación de los futuros oficiales al ultramontano colaborador de la dictadura Fray Aníbal Fosbery; la creación de un comité asesor del ministro bonaerense de Seguridad Juan Carlos Stornelli, encabezado por el juez Alberto Durán, que fue funcionario del ministerio de gobierno durante la dictadura; los ataques de un funcionario entrerriano a las Abuelas de Plaza de Mayo y los HIJOS de desaparecidos, y las operaciones de espionaje ideológico realizadas con el pretexto de investigaciones sobre drogas por la unidad fiscal UFIDRO, confrontan a la democracia argentina con los peores fantasmas de una época que se resiste a pasar a retiro y generan una crisis similar a la que provocó el ex gobernador bonaerense Carlos Rückauf cuando dejó la seguridad en manos del también comando y líder carapintada Aldo Rico, quien se sostuvo apenas cuatro meses en el cargo, poco más de lo que lleva Rico Tejeiro en el suyo.

Aquel experimento no provocó disonancias con el gobierno nacional de entonces, porque el presidente Fernando de la Rúa era también muy conservador. Para el gobierno de CFK y para los proyectos de Néstor Kirchner de reorganizar el partido Justicialista como eje de una coalición progresista, constituye un serio escollo, porque los coloca en contradicción con su política de respeto a los derechos y garantías constitucionales frente a la protesta social y de justicia por las violaciones del terrorismo de Estado a los derechos humanos.

A patadas

Mendoza es una de las provincias donde la psicosis por la seguridad es mayor. Asociaciones de víctimas de delitos y de policías apoyan a los políticos conservadores que oponen la seguridad con el respeto por los derechos humanos, como si fueran valores opuestos y no dos requisitos imprescindibles y complementarios de la democracia. Pero el nuevo hombre fuerte de la seguridad cuyana ni siquiera es un especialista en la lucha contra el delito sino en la represión de las manifestaciones callejeras. Un ministro del gobierno nacional contó una escena vista por televisión, cuando varios señores vestidos con traje y corbata intentaron linchar a un joven en el centro de la ciudad. “Si no lo rescata la policía, lo mataban a patadas. Había arrebatado una cartera, no asesinado a una viejita”, dijo. Rico Tejeiro y los demás integrantes de la nueva cúpula de seguridad fueron pasados a retiro obligatorio en 1999 a raíz de una sublevación policial con armas, en reclamo de mejoras salariales.

Complicaciones políticas

El caso mendocino tiene severas complicaciones políticas, dado que las fuerzas alineadas con el gobierno nacional concurrieron a las elecciones provinciales en dos listas enfrentadas. Celso Jaque, del Partido Justicialista, obtuvo la gobernación en octubre, venciendo al radical César Bifi, candidato elegido por el vicepresidente Julio Cobos en la Concertación con un sector del kirchnerismo. Como ministro de Seguridad, Jaque designó al candidato a vicegobernador del Partido Demócrata, Juan Carlos Aguinaga, que con el 10 por ciento de los votos fue la tercera fuerza en octubre. Para agregar complejidad al caso, el gobierno de Jaque tiene dos alas enfrentadas. Por un lado los conservadores de Aguinaga, quien convocó a Rico Tejeiro y a otros policías de su grupo, y los funcionarios de derechos humanos Pablo Salinas y Diego Lavado, quienes antes de llegar al gobierno impulsaron los juicios por los crímenes de la dictadura en la provincia, en los que fueron detenidos algunos camaradas de Rico Tejeiro. Esas coaliciones se repitieron cuando la Legislatura trató un proyecto para separar a Rico Tejeiro. La moción requería dos tercios de los votos, que no se alcanzaron. Veintisiete legisladores del pejota y conservadores respaldaron al comando de Seineldín, mientras veinte kirchneristas, radicales de la Concertación y del ARI apoyaron su remoción.

La confusión

En su viaje a Mendoza la presidente CFK no recibió a los organismos de derechos humanos y delegó la audiencia en el ministro del Interior Florencio Randazzo, quien repitió el discurso del gobernador Jaque y dijo que el problema debía dirimirlo la justicia. Es una confusión inadmisible entre un juicio penal, en el que son necesarias pruebas irrefutables de la comisión de un delito para condenar a una persona, y una evaluación política acerca de la idoneidad para ocupar un cargo público. Con el criterio defendido por Jaque y Randazzo, el ex subcomisario Luis Patti estaría sentado hoy en una banca de la Cámara de Diputados. Fue después de su exclusión decidida por la Cámara que los hijos del ex diputado Diego Muniz Barreto consiguieron las pruebas necesarias para llevarlo a la cárcel por ese y otros secuestros y asesinatos. El Partido Demócrata cogobernó con los militares durante la dictadura de 1976 a 1983, a la que dio incluso varios ministros nacionales, como el de defensa Amadeo Frugoli. Un hermano del actual ministro, Alberto Aguinaga, era el ministro de gobierno el 29 de marzo de 1982, cuando la policía provincial que integraba Rico Tejeiro fue puesta a las órdenes del Ejército, igual que la Gendarmería. En respuesta a un paro general de la CGT con movilización en las calles, las tropas abrieron fuego sobre la multitud, causando la muerte del obrero minero José Benedicto Ortiz y heridas de bala a otros cinco manifestantes. En 1999 Ezequiel Aguinaga tuvo un incidente con dos limpiavidrios del centro. Su padre, Alberto, llegó al lugar y exhibió un arma. En 2001 presentó un proyecto de ley que castigaba con un mes de cárcel a limpiavidrios y vendedores ambulantes que ofrezcan sus servicios en forma insolente, que fue apoyado por la UCR. En 2003, cuando el entonces presidente de Cuba, Fidel Castro, visitó la Argentina, Juan Carlos Aguinaga pidió que fuera detenido y juzgado por la comisión de crímenes contra la humanidad. Tamaña ideologización de la política de seguridad puede incrementar el conflicto social, pero no disminuir la criminalidad.

La escuela de Seineldín

Los principales argumentos en contra de la designación del comando Rico Tejeiro provienen de su propia pluma y constan en su legajo. En diciembre de 1977, al negarle el ascenso al grado superior, la Junta de Calificaciones de la policía provincial señaló que Rico Tejeiro había hecho su carrera en Unidades Especiales, con escasos lapsos en comisarías en las que se desarrollara trabajo policial. En su exitoso pedido de reconsideración, narró los actos de su vida que consideraba relevantes. Para ejemplificar acerca de su aptitud física, consignó que fue propuesto por la Jefatura de Policía para realizar el curso de Comando Militar en la Escuela de Infantería del Ejército y “participar en la elaboración y ejecución” del Proyecto G.E.S. 78”. Según el ministro Aguinaga el único objeto de ese grupo era “resguardar la paz social” durante el Campeonato Mundial de Fútbol (sic). Pero un libro de alguien próximo a Seineldín (Héctor Simeoni: Línea de Fuego, Sudamericana 1991) reproduce el testimonio sobre aquella época de un coronel de los llamados nacionalistas, quien dice que el curso se empezó a dictar en Campo de Mayo. “La represión de la guerrilla ya había empezado antes de 1976. El Proceso oficializa nuestro curso y de esta manera sale a luz en toda su dimensión”, agrega. Luego Seineldín “nos llevó a un grupo con él a la Policía Federal. El general Cesáreo Cardozo le pidió que fuéramos a la policía porque había excesos, falta de honestidad. Nos llevó a varios de nosotros a hacer un curso de formación contrarrevolucionaria. Después se diseñó un cursillo de siete días, con aislamiento, con un alto contenido técnico y formativo especializado para actuar en cuestiones contra la subversión. De allí surgió una escuela especial que primero se llamó Centro de Instrucción Contrarrevolucionaria y luego CAEP (algo así como Centro de Actividades Especiales Policiales)”. En 2004 otro de los oficiales instruidos por Seineldín, el teniente coronel Guillermo Bruno Laborda, relató en qué había consistido el resguardo de la paz social durante el campeonato de 1978. Asignado a la custodia del centro de prensa de la sede cordobesa, transportó en una ambulancia a una mujer que el día anterior había dado a luz, desde el Hospital Militar Córdoba hasta el campo de la guarnición. Había sido “condenada a muerte debido a su probado accionar en actos de sabotaje en el desarrollo del mundial”. Su traslado “al campo de fusilamiento de la Guarnición fue lo más traumático que me tocó sentir en mi vida. La desesperación, el llanto continuo, el hedor propio de la adrenalina que emana de aquellos que presienten su final, sus gritos desesperados implorando que si realmente éramos cristianos le juráramos que no la íbamos a matar fue lo más patético, angustiante y triste que sentí en la vida y que jamás pude olvidar. Todos los oficiales designados, procedimos a fusilar a esta terrorista que, arrodillada y con los ojos vendados, recibió el impacto de más de veinte balazos de distintos calibres. Su sangre, a pesar de la distancia nos salpicó a todos. Luego siguió el rito de la quema del cadáver, el olor insoportable de la carne quemada y la sepultura disimulada propia de un animal infectado. Nunca supe el destino del niño o niña”.

Rico Tejeiro admite que esa especialidad define a quien la ha adquirido, “aunque ella no haya sido legal y organizadamente constituida” y se refiere a sí mismo como “un infante”. Después de los cursos, Rico Tejeiro y su colega Adolfo Siniscalchi fueron recomendados por el jefe que sucedió a Cardozo al frente de la Policía Federal, general Edmundo Ojeda, para integrar el centro antisubversivo mendocino y felicitados por su rendimiento, por el jefe de la Policía de la Provincia de Mendoza, comodoro Julio César Santuccione. Según el ministro Aguinaga, Santuccione le puso una bomba en su casa. Luego de cursar con Seineldín en ese Centro de Instrucción Contrasubversivo, CIC, Rico Tejeiro fue instructor en cursos de Infantería, Control de Disturbios y Lucha Contrasubversiva, según afirma en defensa de su también cuestionada aptitud intelectual. Como instructor del “Plan de Actividades Teóricas y Prácticas contra la Subversión”, Rico Tejeiro capacitó a Eduardo Smaha, detenido por el homicidio del poeta Paco Urondo.

Psicología de multitudes

También dice que representó a la policía de Mendoza ante el ministerio del Interior, a cargo del general Albano Eduardo Harguindeguy, donde “fue felicitado por su eficaz accionar”. Además fue profesor de oficiales de la Fuerza Aérea, de Gendarmería y de otras policías provinciales, en Estrategia y Técnica de Combate. Agrega que dictó clases de Acción Sicológica y Psicología de Multitudes, a las que llama “materias basales para la actividad policial”, imprescindibles en “rubros fundamentales como Control de Disturbios, Prevención de Disturbios, Contención de Multitudes, Agresivos y Compuestos Químicos como integrantes del arsenal policial”. Esas aptitudes son muy apreciadas bajo una dictadura militar que no permite manifestaciones en las calles pero no se advierte su utilidad en la represión del delito en el orden constitucional. En las acciones violentas, dice Rico, “se sale del terreno de lo inminentemente específico, para entrar en otro campo, como es la Táctica, la Psicología, la Técnica de Combate, la Estrategia”. En estas disciplinas “el elemento de su trabajo es el hombre”. Estas definiciones, vigentes en la doctrina de la seguridad nacional, son incompatibles con una concepción de seguridad democrática.

Para refutar que careciera de aptitud moral, Rico Tejeiro explicó que como Católico, Apostólico y Romano “profesa que la esencia de la moralidad consiste en la conformidad de la conducta humana con la Voluntad Divina. En consecuencia rechaza todo tipo de doctrina materialista”. Agregó que había dictado clases y conferencias de “Estrategia” y sobre “Intento de destrucción del valor espiritual a través del tiempo”, una de las obsesiones de Seineldín. Ello le permitía “desempeñarse con una tranquilidad mística”. En su pedido de investigación sobre Rico y sus colaboradores, los organismos defensores de los derechos humanos de Mendoza enumeraron una cadena de once secuestros que ocurrieron entre el 15 y el 29 de mayo de 1978, en pleno funcionamiento del Grupo Especial 78 G78. El estudiante universitario Juan José Galamba, era buscado por sus contactos con Montoneros, desde 1976, cuando eludió un operativo conjunto en el que fueron secuestrados amigos y parientes. Los desaparecidos en mayo de 1978 lo habían ayudado y alojado mientras escapaba. Margarita Dolz de Castorino fue secuestrada el 15 de mayo; Aldo Enrique Patroni, el 17. Luego fue el turno de Raúl Gómez Mazzola. El 22 desaparecieron Mario Guillermo Camín, amigo de Galamba, y su padre, Gustavo Camín, quien lo empleó en una cantera en San Juan. El 24 cayeron Daniel Romero y su hermano Daniel; el 25 Víctor Hugo Herrera e Isabel Membrive y el 28 Ramón Alberto Sosa y Juan José Galamba, el hermano del prófugo.

Otras joyas

Como para que no quede duda que se trata de una política, el gobierno mendocino también designó a los comisarios generales Pedro Chacón, como director de Investigaciones; Aníbal Gómez en la dirección de Logística; Vicente Chacón a cargo de los registros de armas y de agencias se seguridad privada y Raúl Vega como director de Recursos Humanos. Todos ellos participaron también en el Centro de Instrucción Contrasubversivo, CIC y Gómez se desempeñó en la temida dirección de inteligencia D2, donde se torturaba a los detenidos-desaparecidos. El ex subjefe de la Policía Federal, comisario general Antonio Mingorance, certificó que Vicente Chacón fue entrenado en “técnicas, procedimientos y métodos” y en “la afirmación de los valores por los cuales enfrentamos esta lucha común”, que facilitarán “la erradicación definitiva de la delincuencia apátrida”. Al asumir la gobernación, Jaque nombró a Pedro Chacón en Inteligencia, pero debió relevarlo cuando se supo que estaba produciendo informes de inteligencia sobre la actividad de diversos partidos políticos, algo prohibido por la ley de inteligencia nacional y por la legislación local. Sin embargo, Jaque lo designó entonces en Investigaciones. Además de su desempeño durante la dictadura, algunos de los policías del equipo de Aguinaga y Rico han sido objetados por temas más recientes. Vicente Chacón fue suspendido como director de Robos y Hurtos, por no informar las reiteradas inasistencias de subordinados que cobraban como si hubieran trabajado. Jaque lo puso a cargo del control de armas y de las agencias de seguridad privada. El nuevo director general de Policías, Jorge Alfredo Guerrero Escudero, persiguió en 2004 con dos patrulleros a un auto que había pasado un control fitosanitario sin abrir el baúl para su revisión. Los sospechosos debieron salir del auto rodeado por la policía con los brazos en alto. Recién en la comisaría primera les permitieron identificarse. Eran un juez federal, un fiscal, un defensor oficial y un secretario de la Justicia Federal de San Juan invitados a la asunción de un colega en Mendoza. El problema se reducía a que no llevaban la llave del baúl. Guerrero Escudero fue denunciado por privación ilegítima de la libertad. En conversaciones privadas, Kirchner ha cuestionado a “quienes creen que la inseguridad se combate designando asesinos” y dijo haber enviado señales a Jaque para que diera un corte rápido a la desgastante situación. Pero hasta ahora el Poder Ejecutivo nacional sólo se ha manifestado por medio de la desdichada frase de Randazzo. Esta abstención no podrá prolongarse mucho más.

La contradicción con su política de derechos humanos lo fuerza a una definición, por costosa que sea en términos políticos. En comparación, el agasajo protocolar a un dictador africano aparece como un pecado menor, convertido en un caballito de batalla por la misma prensa conservadora que no se desvela por la proliferación de los retoños de Seineldín con el pretexto de la inseguridad.


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Estalló el verano


PAGINA12.COM.AR/ Por Mario Wainfeld
Macri y Scioli, sus primeras movidas. De cómo defender una política por todos los medios. La formación de la imagen del gobernador. La seguridad, usos y abusos. El conurbano y un agujero negro. Lo que hizo y lo que no hace el jefe de Gobierno, pujas en su entorno. Y una pincelada sobre los veranos.

Las elecciones de octubre (o, mejor dicho, los ciudadanos) ordenaron el escenario: se contaron las costillas, se construyeron mayorías y minorías, se eligió a los gobernantes. Las enérgicas decisiones de Néstor Kirchner en estos meses reconfiguraron el horizonte. El Gobierno tiene un adalid extramuros de la Rosada, un aporte inédito que tiene mucho de experimento. El PJ se reanima, para euforia de algunos aliados de Kirchner y desasosiego de otros. El radicalismo se ve forzado a tramitar su división. Mauricio Macri y Daniel Scioli quedan muy mutilados para operar al interior del peronismo, privación a la que deberán acomodarse por un tiempo largo y en tanto no sobrevenga alguna catástrofe. Elisa Carrió es robustecida en su lugar: la máxima opositora, la única que no tiene ni anhela ningún canal de interlocución, la única que hace un culto de no interactuar con peronistas (salvo un puñado que ella misma selecciona), la que no gobierna. Su territorio es la palabra, su estilo, la intransigencia, su apuesta es alguna variante de crisis.

Cristina Fernández de Kirchner, de momento, es más eclipsada por su esposo que por sus antagonistas, aunque Macri y Scioli roban cámara y le compiten por el centimil. Hay un dato vistoso que mejora una gestión avara en novedades y de baja visibilidad: la presidenta va delineando un estilo político peculiar, que la va diferenciando de Kirchner y, por ahora al menos, también de quienes gobiernan Buenos Aires y la Capital. Ella es la mandataria que va armando escenas e instancias, de diálogo con gentes que no son de su propio palo: el Episcopado, el embajador norteamericano, la CTA, en esta semana los asambleístas de Gualeguaychú. Opositores acérrimos o parciales tienen su audiencia en la Rosada.

Intercambiar o discutir en el máximo nivel del Gobierno con dirigentes o emergentes sociales representativos es un paso estimulante, inusual para una cultura política que propende a asociar el diálogo con el verso y la negociación con el contubernio. La real calidad de esos encuentros podrá calibrarse con el tiempo, en función de su perduración, de la capacidad de las partes para escuchar, para afinar sus posiciones, para conceder, para generar nuevas instancias de convivencia.

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Por todos los medios: Daniel Scioli defiende su política por todos los medios. Los medios de difusión, se entiende. El gobernador recorre en sinfín radios, canales de TV de aire o de cable, atiende informativos y a la prensa escrita. Cualquier medio es el mensaje: programas políticos convencionales, infos, magazines radiales, la mesa de Mirtha cuando cuadra. Muchos cronistas deportivos han cobrado súbito interés por las cuestiones de estado provinciales, requieren (y, da la impresión, re-quieren mucho) a Scioli.

La hiperexposición es su modo de campaña permanente. El discurso es tan sencillo como torrentoso, Scioli hace un inventario de los problemas y asegura estar obrando las soluciones. La seguridad es el sol de ese universo, pero muchas otras cuestiones orbitan a su alrededor.

El gobernador da cuenta de su compromiso personal, diagnostica que la gente está harta de diagnósticos, enumera a velocidad de rayo acciones ya desplegadas o en ciernes (más patrulleros en las calles, proyecto de leyes penales y procesales, lucha contra el paco), cuenta que hay muchos que le preguntan si no se está exponiendo demasiado y les responde que para eso fue elegido. Más que responder preguntas, propala una serie de monólogos con marcada insistencia en la primera persona del singular.

La presentación es recurrente, muchas referencias se reiteran como un calco: los razonamientos, los ejemplos tonificadores o deprimentes (“la gente que llamó al 911”, tal o cual ladrón sorprendido in flagrante delicto y liberado con celeridad).

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¿Inseguro yo? La inseguridad encabeza las preocupaciones ciudadanas en muchos países, incluso los de esta región devastada por muchos otros flagelos sociales. Ya se sabe, es esquiva la relación entre los vaivenes de la tasa de criminalidad y los de la percepción de inseguridad. A partir de una interesante investigación promovida por el Ministerio de Justicia de la Nación (publicada en El delito en la Argentina post crisis VVAA, 2007), el especialista Elías Carranza escribió “en el corto plazo la percepción del delito por parte de la población y las tasas reales de criminalidad mantienen autonomía y con frecuencia contradicción entre sí (…) por lo general la sensación de inseguridad disminuye con bastante posterioridad al decrecimiento del delito”. El saber experto es una sutileza que no suele horadar la coraza de muchos comunicadores y que sólo barniza la visión de muchos dirigentes. Los delitos son un issue formidable para los medios audiovisuales, que de pálpito transforman un caso en una tendencia. Es un tópico de cronistas y entrevistados mofarse de las disquisiciones sobre la “sensación de inseguridad” tras la comisión de algún ilícito. Ese sentido común es charro y desatinado. La ecuación personal de la víctima no describe un marco general ni le concede saber en datos exóticos a su conocimiento.

Todo modo, la demanda es alta, convoca a la acción y al verbo político. El pronóstico del gobernador no deja afuera ninguna de las variables trilladas sobre el tema, desde las policiales hasta las más progres. Habla de equipamiento policial, de presencia en las calles, de quienes “entran por una puerta y salen por la otra”, del vagabundaje juvenil, como place a las derechas. También de tópicos progres: las determinantes sociales del delito, la desigualdad, la falta de educación o de trabajo.

El arsenal convencional se enriquece con consignas de cuño propio. Razonablemente prevenido ante el afán de vecinos propensos a meter bala en forma privada, Scioli predica que “la única arma que debe usarse es el teléfono”. No propone valerse del aparato como objeto contundente o como proyectil, sino que exhorta al uso de la línea 911. Algunos casos resueltos merced a esas llamadas son eje de la publicidad oficial sobre el tema y de las palabras del gobernador. Los creativos y el protagonista político concuerdan: la apelación vecinal al 911 es una forma de participación. Scioli redondea el concepto: la seguridad se resuelve entre todos, funcionarios, policías y “la gente”. “La gente” discando, se entiende. Más allá de la incomodidad que puede causar a ciertas sensibilidades (la del cronista, por ejemplo) tratar en tono de epopeya el modo en que un vecino denuncia a “gente rara” que merodea por el barrio, sorprende que se llame participación al mero requerimiento a la autoridad.

Si se mira mejor, la participación civil fue severamente mochada por Scioli cuando desbarató el esquema dispuesto por León Arslanian y devolvió incumbencias políticas a la Bonaerense. El renacido predicamento de “la plana” (siempre mentada, loada y consultada según las alocuciones de Scioli y su ministro Carlos Stornelli) es una regresión, un retroceso de la sociedad civil.

En cuestión de días el staff de Stornelli sufrió una baja importante: el secretario Martín López Perrando, que en menos de dos meses pasó del Poder Judicial porteño al Ejecutivo provincial y de éste a la sociedad civil. Un periplo veloz de cuyo desenlace poco dijo el gobierno bonaerense, tal vez suponiendo que la genuina publicidad de los actos de gobierno (explicar sus causas y motivos) no le importa a “la gente”.

Plegado al estilo del gobernador, Stornelli deambula como un bombero en pos de los síntomas. Bueno es que las autoridades pongan el cuerpo ante los ciudadanos, que se dejen ver, que hablen. De ahí a suponer que gobernar es acudir adonde estalle un problema, hay un campo. Scioli y Stornelli están en perpetua quinesis, lo que posiblemente engalane la imagen del gobernador y no la de su funcionario, que luce desgarbado e incómodo ante micrófonos o cámaras. Pero es más que dudoso que eso sea un cabal abordaje de temáticas complejas que no sólo exigen una enumeración de sus partes sino una propuesta global de Gobierno.

Uno de sus puntos más evidentes y menos pensados es una política estatal respecto del Conurbano bonaerense, un problema de rango nacional que no se paliará por el mero crecimiento económico. Tiene una población mucho mayor que sus perspectivas virtuales de generar trabajo. Se ha convertido en un sitio poco amigable para radicaciones industriales o emprendimientos de servicios que irán en pos de comunidades con menos riesgo. Tiene una fuerza de seguridad salvaje y gigantesca y está asolada por agencias privadas mayormente compuestas por personajes patibularios. Su infraestructura urbana colapsó hace rato. Aun para los crueles registros argentinos, es chocante la desigualdad social visible en ese territorio. El conurbano no saldrá de su postración si se lo deja librado al derrame del modelo, a su mera acumulación o a las políticas reactivas e inmediatistas de su gobernación. Seguirá siendo un foco de conflictos y de inequidad donde vive una fracción muy alta de la población argentina. Un genuino problema nacional, que no se resuelve llamando al 911, sino pensando en el largo plazo, ese agujero negro de la política autóctona.

Entre tanto, Scioli sigue esculpiendo su imagen pública, frente a su propio jardín de senderos que se bifurcan. En 2011 podrá revirar por la gobernación o tentar por la presidencia. Podría hacerlo con los colores kirchneristas o con otra bandera de conveniencia. Es el único dirigente que dispone, hoy y aquí, de tal abanico de chances.

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El Jefe va de tapas: Kirchner sigue sin verle uña de guitarrero a Macri. Pronostica ante oídos fieles que fracasará, más pronto que tarde, en su gestión comunal. Que se estampará contra una pared por su falta de carácter, por la pobreza de sus equipos o por los reflejos destemplados de la sociedad porteña. En torno de “Mauricio” cunden el optimismo y la tradicional vocación criolla por la autoalabanza desmedida. Con tan pocas millas corridas, todo pronóstico suena prematuro.

La Capital es menos tremenda que la provincia (como suele remarcar al desgaire Scioli, cuidando de no parecer irónico) pero es muy tonante. El jefe de Gobierno se ha hecho un lugar con acciones que poco tienen que ver con la gestión urbana y mucho con la construcción de su figura. Sus querellas con los sindicatos y la intervención a la obra social municipal son ajenas a la vida cotidiana de casi todos los porteños, pero lo consolidan como referencia de la centroderecha y le defieren tapas en los diarios. Menos dotado para el trato personal que Scioli (imbatible en la buena onda y la actitud zen ante las críticas), Macri ha sabido hacerse un poco más locuaz, aunque no consigue despojarse de su acento de Palermo Chico ni de sus mohínes de heredero. Se vale más de sus allegados en la arena mediática, Gabriela Michetti revalida los espacios y los manejos expositivos que mostró en la campaña. Horacio Rodríguez Larreta es el que va a pelearse, otros registros le calzan muy mal. El joven Marcos Peña va haciéndose lugar, como comunicador y diz que como hacedor de políticas. Correveidiles de Palacio (Municipal) chimentan que saltan chispas entre los tres mencionados, sobre todo con el recién llegado y ascendido. Los interesados niegan, unánimes, las internas. Pero, ya se dijo, todos en su derredor las perciben y obran en consecuencia. Las percepciones expandidas, digámoslo por última vez en esta columna, fungen como hechos. Las versiones conspirativas generan anticuerpos y paranoia, la paranoia suele terminar corroborando sus propias profecías. Estas cuitas continuarán.

En los pasillos ya se habla de los comicios de 2009, en voz baja por si “la gente” se encoleriza. Pero el año que viene se eligen diputados y legisladores locales, una contienda que será determinante entre PRO y la Coalición Cívica. Ninguno contará con su principal figura (una situación que los debilita mucho), quieras que no hay que ir pensando en suplentes que se la banquen. Por eso se ven aprontes de Alfonso Prat Gay o de Michetti. Son amagues, todo puede cambiar, no son puro bluff.

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To be or not to be: Hasta hoy, Macri no ha exhibido un plan de gobierno ni cosa que se le parezca, aunque sí se movió más de lo esperado. Su caballito de batalla, el traspaso de la Federal, se encastró en un embudo, que le exige una decisión. Más allá de rezongar porque otros gobernantes no complacen sus requerimientos (una costumbre que le sale bien), debe resolver si crea una fuerza propia y se hace cargo de las consecuencias de sus acciones. Su ministro de Seguridad, Guillermo Montenegro, estudia con afán (y sin especial versación) precedentes extranjeros. En la cancha, un presidente de Boca debe saberlo, las cosas son muy diferentes que en la tribuna.

¿Podrá Macri mantener su levedad como gobernante y sus potencialidades como líder nacional opositor? No es lúcido jugarse por una respuesta tajante, el precedente de Fernando de la Rúa fuerza a la prudencia predictiva. El radical llegó a presidente porque había una mayoría electoral necesitada de un paladín opaco. Nada es igual, años después, pero pueden pensarse algunas analogías. La derecha argentina, una derecha dura y despechada, necesita un referente para pujar por el poder a escala nacional.

Macri es el mejor prospecto, podría (valga el condicional pero también el verbo) seguir siéndolo a despecho de si hay más baches o menos subtes. Si se mantiene en el candelero, podría serle suficiente. Valga el condicional, otra vez, repitiendo que Scioli y Carrió también pueden interpelar a ese sector, pero por ahora a la zaga del jefe de Gobierno.

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La creación política: Las elecciones en Estados Unidos dan cuenta de la complejidad de los sistemas democráticos. La movilización popular, el voto, la performance de los líderes pueden generar lo impensado aun en un sistema estable, algo cristalizado, muy condicionado por el peso del dinero. Rudolph Giuliani, un aspirante de fuste, con carisma y buena plata, se mancó casi en la línea de largada. La atropellada de Barack Obama, su interpelación a grupos desmovilizados, la paridad con Hillary Clinton dibujan un esquema que no estaba en los cálculos previos de muchos que calculan, a menudo bien.

La dialéctica entre múltiples actores, incluidos los ciudadanos (ensalzados por los editoriales y desdeñados en los análisis de los medios), es una fuerza creativa no siempre controlable, por suerte.

Un nuevo escenario empieza a configurarse en la Argentina y dota de interés a un verano por lo demás cálido y perezoso. Es, pues, un verano atípico, debiendo hacerse la salvedad de que en estas pampas lo atípico es más bien la regla. La fauna autóctona abunda en rarezas, variantes gauchas de los ornitorrincos o los cisnes negros. Algunos veranos son atípicos por crímenes o asaltos guerrilleros a cuarteles. Otros porque caen gobiernos en cosa de horas. Otros porque hay protagonistas nuevos o en roles nuevos. Sus movidas son interesantes, también son pininos.

De todos modos, es verano. Todo cobrará más densidad cuando terminen las vacaciones, merme el calor, “la gente” retorne a sus menesteres y “la gentecita” a las escuelas.

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El jarrón chino y la dama


Kirchner se hizo ver y oír sin hablar y a la distancia. El peso específico del primer ex presidente de la era global. La relación con la Presidenta, según sus aliados. De cómo todos hablan más que antes. De qué habla Kirchner. El New Deal con aliados y funcionarios. Los enigmas de una situación sin precedentes.
Por Mario Wainfeld/pagina12.com

La repercusión del acuerdo Kirchner-Lavagna fue enorme. Da la impresión de que hasta resultó desproporcionada a su real impacto. En la arena mediática esa diferencia virtual es una minucia: si fue tapa de diarios y comidilla de las radios durante varios días, fue importante.

Todos los sectores políticos se vieron forzados a definir posiciones y realinearse, si era el caso. Los radicales remanentes, los más golpeados, reaccionaron con furia acorde con su desamparo, recalando en las primeras planas que les vienen siendo esquivas desde hace tiempo. Gerardo Morales se empacó en un discurso defensivo de pertenencia (“nos quedaremos acá aunque seamos cinco”) que trasunta más debilidad y obstinación que fuerza, más adecuado para un defensor del Alcázar de Toledo que para un dirigente de un partido de masas. La UCR se había despegado del ex ministro apenas supo cuántos votos y cuántos legisladores conservó llevándolo como paladín. Su rabia ulterior se emparienta con la de aquel que rompió con su pareja y luego se enfurece cuando se anoticia de que ésta sale con otr@.

En otro rincón, numerosos kirchneristas borraron con el codo todo el ninguneo que le prodigaron a Lavagna desde el mismo instante en que éste dejó el gobierno. Como Pedro con Jesús, cantaron loas a aquél que habían negado tres veces.

El desparramo fue directamente proporcional al peso específico de Kirchner y del PJ, incomparables de momento con cualquiera que ose competir con ellos. Ambos dividen aguas, se está con ellos o contra ellos como primera definición, lo demás viene en letra más chica.

¿Qué dijo e hizo Kirchner en estas horas? Ni una palabra. Actuó, cambió el escenario a su guisa, puso en movimiento a los demás. Luego calló y se pasó la semana en Santa Cruz, manteniendo plena centralidad pero alejado del fárrago y el bullicio, evocando (¿adrede?, ¿de casualidad?) ciertos manejos de Juan Perón.

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Cuestión de talles: “El PJ es demasiado grande para que lo presida cualquier otro” tabula un dirigente “kirchnerista, no pejotista” que (la vida es así) tendrá una silla o un banquito en la conducción pejotista. Es Kirchner o nadie, la herramienta no puede dejarse en manos poco confiables, ni en compañeros de menguada representatividad (todos lo son comparados con el ex presidente).

El contertulio de la mesa chica agrega que Kirchner caviló hasta después de la asunción de Cristina. El hombre detesta el PJ. “Pero en algún lugar tenía que meterse”, comentan por ahí, como si el PJ fuera también un dique para encauzar una fuerza de la naturaleza y una fuente de actividad para un hombre hiperactivo que hace décadas que no sabe lo que es vivir sin gobernar. Página/12 se acuerda de la parábola del jarrón chino, pero espera hasta el próximo párrafo para citarla. De momento, incursiona en la cuestión del tamaño.

¿El PJ le queda a medida a Kirchner? intenta traducir el cronista. O más bien sonsaca de lo que imagina que vendrá.

“Le queda chico”, es un punto donde hacer pie. Kirchner, comulgan en su entorno, es también el líder del Frente para la Victoria (FPV), ese sello tan simpático que ha quedado medio vaciado. Y de la Concertación Plural. De su desdén por las instancias de diálogo Kirchner ha pasado a sentarse en la cabecera de una seguidilla de mesas.

En la semana entrante habrá de recibir a integrantes de movimientos sociales que están entre desconcertados y enfadados por la seguidilla de gestos pejotistas. Entre tanto, Alberto Fernández intentará consolar, contener y conformar a representantes de fuerzas transversales. Un rebusque que tendrá a mano para aliviar broncas y sorpresas es prometer un eventual futuro encuentro con Kirchner: constelar cerca del sol siempre entusiasma.

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El jarrón chino: Cuando lo ven, todos le dicen “presidente” y no aluden al Pejota. En puridad es ex presidente. Cuesta llamarlo así, seguramente porque es un ejemplar exótico, un ornitorrinco de la política: el único que existió en la Argentina en las últimas décadas.

Raúl Alfonsín terminó su mandato a los barquinazos, su rival interno Eduardo Angeloz fue el candidato en las presidenciales, que su partido perdió. Después siguió en tirabuzón, a la baja. Carlos Menem tuvo un periplo parecido: Duhalde lo desplazó como candidato y perdió con la Alianza. Sus “días después” fueron de decadencia y consunción. De Fernando de la Rúa ni hace falta hablar.

Desde 1983, Kirchner es el primer ex presidente que pasa al llano en la cúspide de su prestigio y legitimidad. No fue castigado en las urnas ni radiado por su partido. No revista en la oposición ni ejercita un oficialismo culposo (como Alfonsín con la Alianza) sino que es ariete del oficialismo.

El cronista interpreta que situaciones históricas precedentes (previas a la globalización, el boom de las comunicaciones, el estallido informativo, a la actual relación entre medios y opinión pública) no son estrictamente comparables, le parecen otros mundos. Quien piense distinto podría repasar la relación entre Roca y Juárez Celman o la de Yrigoyen con Alvear. La de Perón y Eva Duarte no tiene mucha similitud. Cámpora-Perón fue un experimento demasiado breve, una dupla inestable y tensa que duró lo que un suspiro.

En fin, que no hay precedentes cercanos u homólogos. Un ex presidente potente, desequilibrante y en plena acción es toda una novedad. Un aporte inédito para el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner pero también un intríngulis. Esa presencia y ese poder exteriores tienen sus bemoles. Hace años, el inolvidable periodista Sergio Moreno recordó una parábola sobre ex presidentes de ese cuño, proveniente de España: se lo comparaba con un jarrón chino. Un jarrón chino grande, de calidad, que debía ser colocado en un ambiente más o menos chico. No es posible omitirlo, no hay forma de disponerlo sin que atraiga mucho la atención y, tal vez, obstruya el paso. Los jarrones chinos y los ex presidentes tienen su tamaño y ocupan mucho espacio.

Bueno es tenerlos a favor pero lo del espacio es todo un detalle, que habilita dudas: ¿el enorme protagonismo de Néstor es pura ganancia para Cristina? ¿El jarrón la dejará lugar? En estos días fue fenomenal la distancia de visibilidad y de brillo entrambos. ¿Seguirá esa tendencia? En tal caso, ¿será funcional a la reputación y el poder propio de la Presidenta?

Los dilemas se irán descifrando con el tiempo y no son moco de pavo, aunque en la Casa Rosada se pregone que la sinergia es total y la mera duda es jactancia de los diletantes o de los gorilas.

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Estado y sociedad civil: “No hay conflictos, no hay doble comando. Kirchner habla con Cristina sobre Lavagna, lo discuten, luego él decide. Cristina habla con Néstor sobre las retenciones, intercambian, ella se queda con la decisión. Si alguien cree que Kirchner la maneja a su antojo, no la conoce”, explica, enclavado en Balcarce 50, alguien que departe a diario con los dos. La duda de Página/12 no es su affectio societatis, más bien si el desempeño del ex presidente no roba cámara en exceso. Su interlocutor no se preocupa nada o, al menos, eso dice.

En su vistazo inaugural, legisladores y funcionarios K se alegran del New Deal. Página/12 habló con ministros, secretarios, diputados y senadores varios, su relato es unívoco. Evalúan que “ahora hablo más con él. Llama con asiduidad, se nota que está distendido y dispone de más tiempo. Cristina tiene otra forma de dialogar, pide explicaciones, deja hablar más, se adentra en los detalles, reclama datos por escrito”. Correveidiles de Palacio hacen cuentas: “n” reuniones mantuvo la presidenta con Jorge Taiana y Héctor Timerman por el entuerto con Estados Unidos, una marca mucho más alta que las de su predecesor. Las citas con la CGT y CTA tuvieron backstages y soportes informativos inimaginables un año atrás.

De cualquier manera, conviene no exagerar. La relación entre Fernández de Kirchner y sus colaboradores sigue siendo radial. No hay reuniones de Gabinete, muy poco trato horizontal entre pares y escasea el diálogo interdisciplinario. La decisión se macera más, la Presidenta sólo la toma cuando puede explicarla al dedillo (un recaudo que no preocupaba a Kirchner), pero se toma en soledad y sin mucha consulta lateral.

Kirchner está más locuaz y menos urgido pero, confiesan sus aliados, no llama para divagar, ni tampoco luce muy presto a abrir su oreja. Llama para pedir acción –una solicitada, una respuesta pública en los medios–- o información, para estar al día en las cifras de la macro, en el trámite de las normas, en los armados territoriales. “Llama por lo que llamó siempre”, cifra alguien habituado a esa imperiosa voz, que ahora resuena desde la sociedad civil.

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El más grande, en movimiento: Los críticos del kirchnerismo se han visto en figurillas tras la movida con Lavagna. Guste o no, la reactivación partidaria y esa incorporación “abren” el juego. Habrá más debate, alguna pluralidad, nadie puede suponer que el ex ministro callará sus posiciones. El PJ redivivo es un gran atril para Kirchner, otros compañeros tendrán atriles más chicos pero hasta hace poco inexistentes.

Las diatribas contra Lavagna son desmesuradas, en un país donde los cambios de pertenencia son moneda corriente. El ex ministro jamás abjuró de su peronismo, más bien lo sobreactuó desde que dejó Economía. Como nunca, se hizo ver con compañeros menos presentables que él. Se fotografió en el restaurante El General, cantando la marchita a voz en cuello. No era lo suyo, con antelación. Hombre moderado, de eterna buena relación con terceras fuerzas, sustentado en su capacidad técnica y su nivel intelectual, Lavagna había sido avaro en plegarse a la liturgia peronista. Su vuelta al redil no puede considerarse asombrosa, máxime a partir de la disolución de su coalición electoral.

Las internas tienen mala prensa, propinada por medios que añoran a los partidos pero deploran que funcionen como tales. De cualquier modo, son más democráticas que el dedo y más prolijas y legibles que las colectoras. La resurrección del PJ no rehabilita, para nada, a un partido de excelencia pero es un trámite necesario, muy reclamado desde diversas tribunas. Y un desafío para los demás partidos, que despotrican contra el hegemonismo y el unicato. Para quedar a la altura de lo que dicen, deberían reavivar su vida interna, promover el debate, reorganizarse.

Los radicales, tupacamarizados, se verán en figurillas para hacerlo. El ARI y PRO tienen ambiciones nacionales pero no expansión territorial acorde. Y están muy supeditados a su figura principal, seguramente más que el kirchnerismo que, como se viene contando, tiene dos.

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Puntos suspensivos: Sin haber emitido un monosílabo en público, ubicado a miles de kilómetros de la cabeza de Goliat, Kirchner volvió a ser la atracción política de la semana. La imagen de la Presidenta y de su equipo de gobierno es en comparación tenue, menos visible. ¿Es todo deliberado? Cerca del despacho de Fernández de Kirchner confiesan que el esquema recién empieza a funcionar, todos están desacostumbrados, incluida la pareja presidencial. “Cristina le va tomando el tiempo a la gestión. Néstor se va habituando a manejarse en otros registros. Nosotros (los ministros) todavía nos sorprendemos cuando aparece ella y no él.” El apólogo termina prometiendo que la marcha del carro acomodará los melones. La fe mueve montañas, a veces.

En tanto, sigue abierto un interrogante: cómo se constituye la autoridad presidencial que tiene mucho de enigma, mucho de muñeca y mucho de imagen. Otros actores y protagonistas leen el peso relativo de los dos Kirchner, definen dónde está el poder, obrarán en consecuencia.

Esta historia no está cerrada ni tampoco cifrada desde el vamos. Esta historia continuará, vaya si continuará.

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El tamaño no es lo que importa


Gobernar es disponer de un aparato propio, de dinero y exposición en los medios, los ladrillos del poder. Y es participar, sea en una interna en una competencia. Pero no todo es tamaño en la política de este país.
Por José Natanson/pagina12.com

El acuerdo de Roberto Lavagna con Néstor Kirchner, el desconcierto de los radicales y las declaraciones de Elisa Carrió proclamándose la única alternativa reactualizaron el debate acerca de los presidenciables y las opciones de la oposición. Se ha vuelto un lugar común decir que, además de Carrió, la oposición cuenta con dos o tres nombres de peso en las figuras de los administradores de tres de los grandes distritos del país: Mauricio Macri, jefe de Gobierno porteño y última esperanza del centroderecha; Hermes Binner, gobernador de Santa Fe y líder del socialismo moderado; y Daniel Scioli, el único que tiene la ventaja de poder jugar en ambas ligas, tanto del oficialismo como de la oposición.

La especulación es sensata. Gobernar Buenos Aires, la Capital o Santa Fe implica controlar un aparato estatal, con todo lo que ello implica en términos de dinero, personal, figuración mediática y otros recursos necesarios para mantener la iniciativa política y desplegar el poder más allá de las fronteras distritales. Todo esto es cierto. Sin embargo, si se mira la historia argentina reciente es fácil comprobar que los líderes políticos han salido tanto de los distritos grandes como de los más chicos y lejanos. Y no por casualidad, sino como resultado de una tendencia profunda hacia la creciente autonomía de algunas –aunque no todas– provincias, lo cual les permite a sus jefes políticos construir centros de poder y liderazgos relativamente autónomos –y en algunos casos hasta enfrentados– al poder central.

Es curioso, pero este fenómeno es en buena medida resultado de dos iniciativas lanzadas con objetivos muy distintos. La primera es la descentralización, uno de los ejes de las políticas neoliberales de los ’90, cuyo fin era potenciar –empoderar es el espantoso anglicismo utilizado en los libros– a las sociedades locales, con la idea, por otra parte muy razonable, de que el intendente conoce mejor que el presidente, o que un delegado suyo, los problemas de su entorno. Esto implicó una transferencia de responsabilidades, como el manejo de las escuelas y los hospitales, desde el ámbito nacional a los gobiernos provinciales y municipales. Sin embargo, el resultado casi nunca fue el fortalecimiento de las sociedades civiles locales, que en la mayoría de los casos sólo existían en los laboratorios almidonados del Banco Mundial, sino la potenciación de los astutos caudillos provinciales, que vieron la oportunidad de ganar poder y recursos y alambrar sus feudos frente a la injerencia de la Casa Rosada: el federalismo por otros medios.

La segunda iniciativa que contribuyó a potenciar los liderazgos de distrito es el Pacto de Olivos. De manera no deliberada, el acuerdo entre Menem y Alfonsín reequilibró la distribución de poder entre su sede natural –la llanura pampeana– y el interior del país: una cláusula centralista –la eliminación del Colegio Electoral y la elección directa del presidente– quedó compensada con el artículo 124, que saldó una vieja disputa reconociendo a las provincias la propiedad de los recursos naturales, lo cual, en términos más simples, significó muchísimo dinero para los gobernadores.

Así, una necesidad política coyuntural (el apoyo de las provincias petroleras a la reelección de Menem) terminó traduciéndose en millones de dólares en concepto de regalías hidrocarburíferas o minerales, que les permitieron a algunos mandatarios provinciales darse el lujo de enfrentar al poder central. El Kirchner de la segunda mitad de los ’90 es un buen ejemplo: seguramente Cristina no hubiera podido desafiar a Eduardo Menem en el Senado si su marido no hubiera conseguido antes los famosos 600 millones de dólares para poder blindar financieramente a su provincia. En este sentido profundo, el proyecto nacional de Kirchner es hijo del Pacto de Olivos.

Y no es el único. El salteño José Luis Romero, hoy derrotado y amparado por el calor del amplio campo oficialista, y el neuquino Jorge Sobisch, que terminó gastando más dinero por voto (25 pesos por sufragio según Poder Ciudadano) que cualquier otro candidato en las elecciones del año pasado, son buenos ejemplos de las posibilidades de algunos líderes de provincia. El caso de los Rodríguez Saá, jefes absolutos de lo que Jorge Asís define como “el Estado libre asociado de San Luis”, es aún más notable, pues su pequeño feudo carece de importantes recursos naturales, más allá de las bellezas de un paisaje mal reflejado en las pésimas películas que suelen filmarse por allí.

Otros mecanismos refuerzan el poder de los gobernadores. La posibilidad de convocar a elecciones provinciales desdobladas de las presidenciales les permite aprovechar el efecto arrastre de una buena candidatura nacional o neutralizarlo si el candidato no es taquillero, mientras que las reformas de las constituciones provinciales emprendidas en los últimos años habilitaron la reelección de casi todos los gobernadores (Corrientes, Entre Ríos y Mendoza son las únicas provincias que la prohíben) brindándoles un recurso adicional para mantenerse en el poder. En general, y a pesar de algunas decisiones del kirchnerismo como las retenciones, que constituyen una nueva y formidable fuente de recursos para el Estado nacional, los caciques comarcales gozan de un poder y una libertad de movimientos inéditos.

El tamaño, esa obsesión masculina, tiene una importancia relativa. También en política. En momentos de crisis, las provincias grandes tiemblan al compás de los sacudones nacionales, los saqueos comienzan en Rosario y se propagan a Buenos Aires, la sensación de inseguridad ataca al conurbano y la Capital, a Santa Fe o a Córdoba, pero casi nunca a Trelew o Cipolletti. Nadie queda totalmente al margen, pero los jefes políticos de algunos distritos pequeños logran sobrevivir a los momentos más difíciles apoyados en aparatos políticos sólidos y cajas provinciales comparativamente holgadas. Y también gracias a su propia astucia. Una anécdota, incluida en el libro de Pablo Abiad y Mariano Thieberger (Justicia Era Kirchner), cuenta que Domingo Cavallo, en su desesperación por evitar el colapso de diciembre del 2001, le sugirió a Kirchner que repatriara el dinero de Santa Cruz para hacerle un préstamo a Carlos Ruckauf para pagar los sueldos de los docentes bonaerenses. “Néstor, haceme caso, traé la guita de Santa Cruz, hacele un bono a Ruckauf y lo tenés agarrado de las pelotas”, dijo el ministro. “Mingo, si le presto esa plata a Ruckauf, el que me tiene agarrado de las bolas es él”, fue la respuesta de Kirchner.

En las elecciones presidenciales del 2003, los tres candidatos peronistas (Menem, Rodríguez Saá y Kirchner) eran o habían sido gobernadores de distritos relativamente chicos. Por motivos diferentes, ni Ruckauf ni José Manuel de la Sota ni Carlos Reutemann, todopoderosos jefes de grandes provincias, disputaron aquellos comicios. La maldición de la provincia de Buenos Aires, ninguno de cuyos gobernadores ha ganado una elección presidencial, se mantiene en pie. Aníbal Ibarra pintaba para vice K en el 2007 hasta que Cromañón se interpuso en su camino. Y no es casual, sino una consecuencia del riesgo inherente a gobernar un Estado con mayúsculas. Es que la política argentina es imprevisible y la economía, por mejor que luzca, nunca se mantiene controlada del todo. Y por eso las proyecciones presidenciales, aunque desde luego deben incluir a Macri, Binner y Scioli, también podrían contemplar a Fabiana Ríos y Miguel Saiz o, en el peronismo, a líderes fuertemente revalidados como Mario Das Neves y otros jóvenes y prometedores, como Juan Manuel Urtubey o Jorge Capitanich. La pregunta obvia –¿y a ese quién lo conoce?– tiene una respuesta simple: seguramente pocos, pero no más que los que conocían a Menem antes de que le ganara la interna a Cafiero, a Rodríguez Saá antes de que se convirtiera en presidente o a los Kirchner antes de que pegaran el salto desde los hielos de Santa Cruz.
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El jarrón chino y la dama


Kirchner se hizo ver y oír sin hablar y a la distancia. El peso específico del primer ex presidente de la era global. La relación con la Presidenta, según sus aliados. De cómo todos hablan más que antes. De qué habla Kirchner. El New Deal con aliados y funcionarios. Los enigmas de una situación sin precedentes.
Por Mario Wainfeld/pagina12.com

La repercusión del acuerdo Kirchner-Lavagna fue enorme. Da la impresión de que hasta resultó desproporcionada a su real impacto. En la arena mediática esa diferencia virtual es una minucia: si fue tapa de diarios y comidilla de las radios durante varios días, fue importante.

Todos los sectores políticos se vieron forzados a definir posiciones y realinearse, si era el caso. Los radicales remanentes, los más golpeados, reaccionaron con furia acorde con su desamparo, recalando en las primeras planas que les vienen siendo esquivas desde hace tiempo. Gerardo Morales se empacó en un discurso defensivo de pertenencia (“nos quedaremos acá aunque seamos cinco”) que trasunta más debilidad y obstinación que fuerza, más adecuado para un defensor del Alcázar de Toledo que para un dirigente de un partido de masas. La UCR se había despegado del ex ministro apenas supo cuántos votos y cuántos legisladores conservó llevándolo como paladín. Su rabia ulterior se emparienta con la de aquel que rompió con su pareja y luego se enfurece cuando se anoticia de que ésta sale con otr@.

En otro rincón, numerosos kirchneristas borraron con el codo todo el ninguneo que le prodigaron a Lavagna desde el mismo instante en que éste dejó el gobierno. Como Pedro con Jesús, cantaron loas a aquél que habían negado tres veces.

El desparramo fue directamente proporcional al peso específico de Kirchner y del PJ, incomparables de momento con cualquiera que ose competir con ellos. Ambos dividen aguas, se está con ellos o contra ellos como primera definición, lo demás viene en letra más chica.

¿Qué dijo e hizo Kirchner en estas horas? Ni una palabra. Actuó, cambió el escenario a su guisa, puso en movimiento a los demás. Luego calló y se pasó la semana en Santa Cruz, manteniendo plena centralidad pero alejado del fárrago y el bullicio, evocando (¿adrede?, ¿de casualidad?) ciertos manejos de Juan Perón.

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Cuestión de talles: “El PJ es demasiado grande para que lo presida cualquier otro” tabula un dirigente “kirchnerista, no pejotista” que (la vida es así) tendrá una silla o un banquito en la conducción pejotista. Es Kirchner o nadie, la herramienta no puede dejarse en manos poco confiables, ni en compañeros de menguada representatividad (todos lo son comparados con el ex presidente).

El contertulio de la mesa chica agrega que Kirchner caviló hasta después de la asunción de Cristina. El hombre detesta el PJ. “Pero en algún lugar tenía que meterse”, comentan por ahí, como si el PJ fuera también un dique para encauzar una fuerza de la naturaleza y una fuente de actividad para un hombre hiperactivo que hace décadas que no sabe lo que es vivir sin gobernar. Página/12 se acuerda de la parábola del jarrón chino, pero espera hasta el próximo párrafo para citarla. De momento, incursiona en la cuestión del tamaño.

¿El PJ le queda a medida a Kirchner? intenta traducir el cronista. O más bien sonsaca de lo que imagina que vendrá.

“Le queda chico”, es un punto donde hacer pie. Kirchner, comulgan en su entorno, es también el líder del Frente para la Victoria (FPV), ese sello tan simpático que ha quedado medio vaciado. Y de la Concertación Plural. De su desdén por las instancias de diálogo Kirchner ha pasado a sentarse en la cabecera de una seguidilla de mesas.

En la semana entrante habrá de recibir a integrantes de movimientos sociales que están entre desconcertados y enfadados por la seguidilla de gestos pejotistas. Entre tanto, Alberto Fernández intentará consolar, contener y conformar a representantes de fuerzas transversales. Un rebusque que tendrá a mano para aliviar broncas y sorpresas es prometer un eventual futuro encuentro con Kirchner: constelar cerca del sol siempre entusiasma.

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El jarrón chino: Cuando lo ven, todos le dicen “presidente” y no aluden al Pejota. En puridad es ex presidente. Cuesta llamarlo así, seguramente porque es un ejemplar exótico, un ornitorrinco de la política: el único que existió en la Argentina en las últimas décadas.

Raúl Alfonsín terminó su mandato a los barquinazos, su rival interno Eduardo Angeloz fue el candidato en las presidenciales, que su partido perdió. Después siguió en tirabuzón, a la baja. Carlos Menem tuvo un periplo parecido: Duhalde lo desplazó como candidato y perdió con la Alianza. Sus “días después” fueron de decadencia y consunción. De Fernando de la Rúa ni hace falta hablar.

Desde 1983, Kirchner es el primer ex presidente que pasa al llano en la cúspide de su prestigio y legitimidad. No fue castigado en las urnas ni radiado por su partido. No revista en la oposición ni ejercita un oficialismo culposo (como Alfonsín con la Alianza) sino que es ariete del oficialismo.

El cronista interpreta que situaciones históricas precedentes (previas a la globalización, el boom de las comunicaciones, el estallido informativo, a la actual relación entre medios y opinión pública) no son estrictamente comparables, le parecen otros mundos. Quien piense distinto podría repasar la relación entre Roca y Juárez Celman o la de Yrigoyen con Alvear. La de Perón y Eva Duarte no tiene mucha similitud. Cámpora-Perón fue un experimento demasiado breve, una dupla inestable y tensa que duró lo que un suspiro.

En fin, que no hay precedentes cercanos u homólogos. Un ex presidente potente, desequilibrante y en plena acción es toda una novedad. Un aporte inédito para el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner pero también un intríngulis. Esa presencia y ese poder exteriores tienen sus bemoles. Hace años, el inolvidable periodista Sergio Moreno recordó una parábola sobre ex presidentes de ese cuño, proveniente de España: se lo comparaba con un jarrón chino. Un jarrón chino grande, de calidad, que debía ser colocado en un ambiente más o menos chico. No es posible omitirlo, no hay forma de disponerlo sin que atraiga mucho la atención y, tal vez, obstruya el paso. Los jarrones chinos y los ex presidentes tienen su tamaño y ocupan mucho espacio.

Bueno es tenerlos a favor pero lo del espacio es todo un detalle, que habilita dudas: ¿el enorme protagonismo de Néstor es pura ganancia para Cristina? ¿El jarrón la dejará lugar? En estos días fue fenomenal la distancia de visibilidad y de brillo entrambos. ¿Seguirá esa tendencia? En tal caso, ¿será funcional a la reputación y el poder propio de la Presidenta?

Los dilemas se irán descifrando con el tiempo y no son moco de pavo, aunque en la Casa Rosada se pregone que la sinergia es total y la mera duda es jactancia de los diletantes o de los gorilas.

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Estado y sociedad civil: “No hay conflictos, no hay doble comando. Kirchner habla con Cristina sobre Lavagna, lo discuten, luego él decide. Cristina habla con Néstor sobre las retenciones, intercambian, ella se queda con la decisión. Si alguien cree que Kirchner la maneja a su antojo, no la conoce”, explica, enclavado en Balcarce 50, alguien que departe a diario con los dos. La duda de Página/12 no es su affectio societatis, más bien si el desempeño del ex presidente no roba cámara en exceso. Su interlocutor no se preocupa nada o, al menos, eso dice.

En su vistazo inaugural, legisladores y funcionarios K se alegran del New Deal. Página/12 habló con ministros, secretarios, diputados y senadores varios, su relato es unívoco. Evalúan que “ahora hablo más con él. Llama con asiduidad, se nota que está distendido y dispone de más tiempo. Cristina tiene otra forma de dialogar, pide explicaciones, deja hablar más, se adentra en los detalles, reclama datos por escrito”. Correveidiles de Palacio hacen cuentas: “n” reuniones mantuvo la presidenta con Jorge Taiana y Héctor Timerman por el entuerto con Estados Unidos, una marca mucho más alta que las de su predecesor. Las citas con la CGT y CTA tuvieron backstages y soportes informativos inimaginables un año atrás.

De cualquier manera, conviene no exagerar. La relación entre Fernández de Kirchner y sus colaboradores sigue siendo radial. No hay reuniones de Gabinete, muy poco trato horizontal entre pares y escasea el diálogo interdisciplinario. La decisión se macera más, la Presidenta sólo la toma cuando puede explicarla al dedillo (un recaudo que no preocupaba a Kirchner), pero se toma en soledad y sin mucha consulta lateral.

Kirchner está más locuaz y menos urgido pero, confiesan sus aliados, no llama para divagar, ni tampoco luce muy presto a abrir su oreja. Llama para pedir acción –una solicitada, una respuesta pública en los medios–- o información, para estar al día en las cifras de la macro, en el trámite de las normas, en los armados territoriales. “Llama por lo que llamó siempre”, cifra alguien habituado a esa imperiosa voz, que ahora resuena desde la sociedad civil.

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El más grande, en movimiento: Los críticos del kirchnerismo se han visto en figurillas tras la movida con Lavagna. Guste o no, la reactivación partidaria y esa incorporación “abren” el juego. Habrá más debate, alguna pluralidad, nadie puede suponer que el ex ministro callará sus posiciones. El PJ redivivo es un gran atril para Kirchner, otros compañeros tendrán atriles más chicos pero hasta hace poco inexistentes.

Las diatribas contra Lavagna son desmesuradas, en un país donde los cambios de pertenencia son moneda corriente. El ex ministro jamás abjuró de su peronismo, más bien lo sobreactuó desde que dejó Economía. Como nunca, se hizo ver con compañeros menos presentables que él. Se fotografió en el restaurante El General, cantando la marchita a voz en cuello. No era lo suyo, con antelación. Hombre moderado, de eterna buena relación con terceras fuerzas, sustentado en su capacidad técnica y su nivel intelectual, Lavagna había sido avaro en plegarse a la liturgia peronista. Su vuelta al redil no puede considerarse asombrosa, máxime a partir de la disolución de su coalición electoral.

Las internas tienen mala prensa, propinada por medios que añoran a los partidos pero deploran que funcionen como tales. De cualquier modo, son más democráticas que el dedo y más prolijas y legibles que las colectoras. La resurrección del PJ no rehabilita, para nada, a un partido de excelencia pero es un trámite necesario, muy reclamado desde diversas tribunas. Y un desafío para los demás partidos, que despotrican contra el hegemonismo y el unicato. Para quedar a la altura de lo que dicen, deberían reavivar su vida interna, promover el debate, reorganizarse.

Los radicales, tupacamarizados, se verán en figurillas para hacerlo. El ARI y PRO tienen ambiciones nacionales pero no expansión territorial acorde. Y están muy supeditados a su figura principal, seguramente más que el kirchnerismo que, como se viene contando, tiene dos.

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Puntos suspensivos: Sin haber emitido un monosílabo en público, ubicado a miles de kilómetros de la cabeza de Goliat, Kirchner volvió a ser la atracción política de la semana. La imagen de la Presidenta y de su equipo de gobierno es en comparación tenue, menos visible. ¿Es todo deliberado? Cerca del despacho de Fernández de Kirchner confiesan que el esquema recién empieza a funcionar, todos están desacostumbrados, incluida la pareja presidencial. “Cristina le va tomando el tiempo a la gestión. Néstor se va habituando a manejarse en otros registros. Nosotros (los ministros) todavía nos sorprendemos cuando aparece ella y no él.” El apólogo termina prometiendo que la marcha del carro acomodará los melones. La fe mueve montañas, a veces.

En tanto, sigue abierto un interrogante: cómo se constituye la autoridad presidencial que tiene mucho de enigma, mucho de muñeca y mucho de imagen. Otros actores y protagonistas leen el peso relativo de los dos Kirchner, definen dónde está el poder, obrarán en consecuencia.

Esta historia no está cerrada ni tampoco cifrada desde el vamos. Esta historia continuará, vaya si continuará.

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El tamaño no es lo que importa


Gobernar es disponer de un aparato propio, de dinero y exposición en los medios, los ladrillos del poder. Y es participar, sea en una interna en una competencia. Pero no todo es tamaño en la política de este país.
Por José Natanson/pagina12.com

El acuerdo de Roberto Lavagna con Néstor Kirchner, el desconcierto de los radicales y las declaraciones de Elisa Carrió proclamándose la única alternativa reactualizaron el debate acerca de los presidenciables y las opciones de la oposición. Se ha vuelto un lugar común decir que, además de Carrió, la oposición cuenta con dos o tres nombres de peso en las figuras de los administradores de tres de los grandes distritos del país: Mauricio Macri, jefe de Gobierno porteño y última esperanza del centroderecha; Hermes Binner, gobernador de Santa Fe y líder del socialismo moderado; y Daniel Scioli, el único que tiene la ventaja de poder jugar en ambas ligas, tanto del oficialismo como de la oposición.

La especulación es sensata. Gobernar Buenos Aires, la Capital o Santa Fe implica controlar un aparato estatal, con todo lo que ello implica en términos de dinero, personal, figuración mediática y otros recursos necesarios para mantener la iniciativa política y desplegar el poder más allá de las fronteras distritales. Todo esto es cierto. Sin embargo, si se mira la historia argentina reciente es fácil comprobar que los líderes políticos han salido tanto de los distritos grandes como de los más chicos y lejanos. Y no por casualidad, sino como resultado de una tendencia profunda hacia la creciente autonomía de algunas –aunque no todas– provincias, lo cual les permite a sus jefes políticos construir centros de poder y liderazgos relativamente autónomos –y en algunos casos hasta enfrentados– al poder central.

Es curioso, pero este fenómeno es en buena medida resultado de dos iniciativas lanzadas con objetivos muy distintos. La primera es la descentralización, uno de los ejes de las políticas neoliberales de los ’90, cuyo fin era potenciar –empoderar es el espantoso anglicismo utilizado en los libros– a las sociedades locales, con la idea, por otra parte muy razonable, de que el intendente conoce mejor que el presidente, o que un delegado suyo, los problemas de su entorno. Esto implicó una transferencia de responsabilidades, como el manejo de las escuelas y los hospitales, desde el ámbito nacional a los gobiernos provinciales y municipales. Sin embargo, el resultado casi nunca fue el fortalecimiento de las sociedades civiles locales, que en la mayoría de los casos sólo existían en los laboratorios almidonados del Banco Mundial, sino la potenciación de los astutos caudillos provinciales, que vieron la oportunidad de ganar poder y recursos y alambrar sus feudos frente a la injerencia de la Casa Rosada: el federalismo por otros medios.

La segunda iniciativa que contribuyó a potenciar los liderazgos de distrito es el Pacto de Olivos. De manera no deliberada, el acuerdo entre Menem y Alfonsín reequilibró la distribución de poder entre su sede natural –la llanura pampeana– y el interior del país: una cláusula centralista –la eliminación del Colegio Electoral y la elección directa del presidente– quedó compensada con el artículo 124, que saldó una vieja disputa reconociendo a las provincias la propiedad de los recursos naturales, lo cual, en términos más simples, significó muchísimo dinero para los gobernadores.

Así, una necesidad política coyuntural (el apoyo de las provincias petroleras a la reelección de Menem) terminó traduciéndose en millones de dólares en concepto de regalías hidrocarburíferas o minerales, que les permitieron a algunos mandatarios provinciales darse el lujo de enfrentar al poder central. El Kirchner de la segunda mitad de los ’90 es un buen ejemplo: seguramente Cristina no hubiera podido desafiar a Eduardo Menem en el Senado si su marido no hubiera conseguido antes los famosos 600 millones de dólares para poder blindar financieramente a su provincia. En este sentido profundo, el proyecto nacional de Kirchner es hijo del Pacto de Olivos.

Y no es el único. El salteño José Luis Romero, hoy derrotado y amparado por el calor del amplio campo oficialista, y el neuquino Jorge Sobisch, que terminó gastando más dinero por voto (25 pesos por sufragio según Poder Ciudadano) que cualquier otro candidato en las elecciones del año pasado, son buenos ejemplos de las posibilidades de algunos líderes de provincia. El caso de los Rodríguez Saá, jefes absolutos de lo que Jorge Asís define como “el Estado libre asociado de San Luis”, es aún más notable, pues su pequeño feudo carece de importantes recursos naturales, más allá de las bellezas de un paisaje mal reflejado en las pésimas películas que suelen filmarse por allí.

Otros mecanismos refuerzan el poder de los gobernadores. La posibilidad de convocar a elecciones provinciales desdobladas de las presidenciales les permite aprovechar el efecto arrastre de una buena candidatura nacional o neutralizarlo si el candidato no es taquillero, mientras que las reformas de las constituciones provinciales emprendidas en los últimos años habilitaron la reelección de casi todos los gobernadores (Corrientes, Entre Ríos y Mendoza son las únicas provincias que la prohíben) brindándoles un recurso adicional para mantenerse en el poder. En general, y a pesar de algunas decisiones del kirchnerismo como las retenciones, que constituyen una nueva y formidable fuente de recursos para el Estado nacional, los caciques comarcales gozan de un poder y una libertad de movimientos inéditos.

El tamaño, esa obsesión masculina, tiene una importancia relativa. También en política. En momentos de crisis, las provincias grandes tiemblan al compás de los sacudones nacionales, los saqueos comienzan en Rosario y se propagan a Buenos Aires, la sensación de inseguridad ataca al conurbano y la Capital, a Santa Fe o a Córdoba, pero casi nunca a Trelew o Cipolletti. Nadie queda totalmente al margen, pero los jefes políticos de algunos distritos pequeños logran sobrevivir a los momentos más difíciles apoyados en aparatos políticos sólidos y cajas provinciales comparativamente holgadas. Y también gracias a su propia astucia. Una anécdota, incluida en el libro de Pablo Abiad y Mariano Thieberger (Justicia Era Kirchner), cuenta que Domingo Cavallo, en su desesperación por evitar el colapso de diciembre del 2001, le sugirió a Kirchner que repatriara el dinero de Santa Cruz para hacerle un préstamo a Carlos Ruckauf para pagar los sueldos de los docentes bonaerenses. “Néstor, haceme caso, traé la guita de Santa Cruz, hacele un bono a Ruckauf y lo tenés agarrado de las pelotas”, dijo el ministro. “Mingo, si le presto esa plata a Ruckauf, el que me tiene agarrado de las bolas es él”, fue la respuesta de Kirchner.

En las elecciones presidenciales del 2003, los tres candidatos peronistas (Menem, Rodríguez Saá y Kirchner) eran o habían sido gobernadores de distritos relativamente chicos. Por motivos diferentes, ni Ruckauf ni José Manuel de la Sota ni Carlos Reutemann, todopoderosos jefes de grandes provincias, disputaron aquellos comicios. La maldición de la provincia de Buenos Aires, ninguno de cuyos gobernadores ha ganado una elección presidencial, se mantiene en pie. Aníbal Ibarra pintaba para vice K en el 2007 hasta que Cromañón se interpuso en su camino. Y no es casual, sino una consecuencia del riesgo inherente a gobernar un Estado con mayúsculas. Es que la política argentina es imprevisible y la economía, por mejor que luzca, nunca se mantiene controlada del todo. Y por eso las proyecciones presidenciales, aunque desde luego deben incluir a Macri, Binner y Scioli, también podrían contemplar a Fabiana Ríos y Miguel Saiz o, en el peronismo, a líderes fuertemente revalidados como Mario Das Neves y otros jóvenes y prometedores, como Juan Manuel Urtubey o Jorge Capitanich. La pregunta obvia –¿y a ese quién lo conoce?– tiene una respuesta simple: seguramente pocos, pero no más que los que conocían a Menem antes de que le ganara la interna a Cafiero, a Rodríguez Saá antes de que se convirtiera en presidente o a los Kirchner antes de que pegaran el salto desde los hielos de Santa Cruz.
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