“El 65% de la población no votó a Cristina”
Eugenio Paillet en La Nueva Provincia, de la ciudad de Bahía Blanca:
Cristina Fernández tuvo un minuto de humildad y 69 de renovada tozudez y soberbia en el discurso de Parque Norte. Fue, aunque parezca de otro planeta, todo lo que el gobierno estaba dispuesto a dar para obligar a los dirigentes del campo a levantar un paro que provoca desabastecimiento y calienta los ánimos a niveles peligrosos.
Vale la insistencia. ¿Cómo pedir con humildad que el campo levante el paro sin ningún condicionamiento, mientras los rostros desencajados y los puños crispados de D’Elía y Pérsico se filtraban en la imagen de televisión, amenazando con nuevas golpizas y calificativos denigrantes hacia un sector de la población que harían empalidecer a la mismísima Venezuela de Hugo Chávez?i
Veamos toda la saga para no quedarnos sólo en la contemplación del árbol. Los Kirchner –y quienes los rodean y acompañan desde la oscura noche de los 70– no hacen distingos en la composición social y política del país que gobiernan. Los que no están con ellos son partidarios de Videla que quieren voltearlos mediante un golpe de Estado. No hay un mínimo de racionalidad ni intención de detenerse entre las mil variantes que se encuentran entre ambos extremos.
Así, el matrimonio presidencial decide quiénes son los buenos y quiénes los malos. Quién puede manifestar en la Plaza de Mayo y quién no. Deciden cuál es el número de inflación mensual que más les gusta. Atacan a los que cortan rutas porque reclaman frente a una política de retenciones francamente confiscatoria, pero permiten que otros actores corten calles, como los grupos de choque pagados por la Casa Rosada, y puentes fronterizos, como los asambleístas entrerrianos.
En un país donde el 65% de la población no votó a Cristina Fernández el 28 de octubre, está prohibido golpear cacerolas o llegarse hasta un paseo público para protestar pacíficamente por sus derechos arrasados. Lo saben bien los protestantes que recibieron sobre sus humanidades el rigor de los grupos de choque del gobierno. (…)”
No pocos se preguntan por qué el gobierno dejó crecer durante quince días la protesta del campo. Por qué escondió la policía y la Gendarmería mientras se renovaban las protestas en plazas y rutas nacionales. No hay explicación, a menos que también de este lado se empiece a hablar de las famosas teorías conspirativas, para el largo silencio de radio de los funcionarios. O del silencio de Cristina durante sus vacaciones en El Calafate, antes de desembarcar guerrera y bravucona en el palco de Parque Norte.
Tampoco hay explicación para que el gobierno reconozca sólo ahora, con la protesta desmadrada por las bases rurales y la población sumida en un largo padecimiento de góndolas vacías y precios por las nubes gracias a los pescadores de río revuelto, que había un paquete de medidas –un Plan B, que negó una y otra vez el dubitativo Martín Lousteau– para corregir algunas de las inequidades del plan confiscatorio de las retenciones móviles. En la Casa Rosada admiten sin tapujos que ese plan correctivo, que iba a ser difundido poco después del primer anuncio del ministro de Economía, quedó guardado en un cajón de la Jefatura de Gabinete apenas iniciado el paro del campo. Dicen que avanzar en esa dirección significaba caer en un “retroceso político” con la medida de fuerza en marcha. Y que era necesario preservar “la autoridad presidencial”. (…)
Kirchner reasumió la Presidencia, en sentido apenas figurado, durante las horas calientes. Suyas fueron todas las estrategias montadas, las frases más calientes de los dos discursos de Cristina en el Salón Sur y en Parque Norte. Y manejó con rienda corta a los gobernadores que amenazaban sacar los pies del plato. La dama asintió en cada oportunidad sin chistar.
Los Kirchner han terminado por refugiarse definitivamente en el más viejo peronismo. En sus banderas y sus consignas. Gobernarán desde el peronismo, que ya ha demostrado que es temible cuando está en el poder y cuando siente amenazadas sus posiciones. Los transversales y los concertadores plurales son desde ahora meros convidados de piedra sin voz ni voto. (…)”
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